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Pulsiones inesperadas… con mi hijo

Nunca hubiese podido intuir lo que aquel día, en el 18° cumpleaños de mi hijo, nos depararía a ambos la entrada a Boyberry Madrid…

 

Tras todo un periplo de experiencias sexuales (algunas inolvidables tanto para bien como para mal…), entraba en la cuarentena y creía conocer bien mi sexualidad. Había experimentado desde muy joven y, al finalizar mis estudios en la universidad y con tan sólo 24 años, me casé muy enamorado de María. El primer año fue maravilloso y el culmen de la felicidad llegaría con el nacimiento de mi hijo Allen, tan sólo un mes tras la boda, y de mi hija Atenea, cuatro años después. Como habréis podido deducir, efectivamente, mi mujer ya estaba embarazada antes de darnos el “Sí, quiero”. ¿Habría nacido Allen fruto de una relación esporádica de mi esposa con otro hombre? Al fin y a cabo, manteníamos ciertas “concesiones” antes de contraer matrimonio…

 

Actualmente, Allen es un joven adolescente a punto de entrar en la mayoría de edad y, como casi todos a su edad, se encuentra algo perdido respecto a qué elecciones tomar en la vida, también en el ámbito sexual, como yo mismo descubriría más adelante…

 

Él sabía que yo estaría siempre ahí para él, a pesar de que nuestra relación no fuese demasiado fluida. A mí me gustaba la mecánica, echar partidas de fútbol con los colegas, y algún que otro interés que no compartía con mi hijo. Y parecía que a él sólo le interesara hacer ejercicio y encerrarse en su cuarto. Solía  oír gemidos procedentes de su habitación y, más de una vez, al salir del baño, alcancé a ver cómo había ido creciendo; medía ya 1.85 de estatura y el hecho de practicar deporte le había servido para formar un cuerpo imponente que llamaba la atención de todos los géneros e inclinaciones sexuales: su pecho y espalda anchos y unas piernas musculosas y bien torneadas, se sumaban a un rostro masculino que mostraba una barba oscura y una sonrisa blanca y recta, así como unas cejas negras y pobladas pero hermosas, que enmarcaban unos ojos pardos y brillantes, capaces de hechizar a cualquiera, invitándote a adentrarte en sus más profundos deseos… Y no sólo en sus deseos; Su polla reposaba grande (probablemente alcanzaría los 19 cm en erección), carnosa y sobre dos testículos bien alimentados y esto, junto al culo redondo y perfecto que ostentaba, llamaba la atención de mucha gente. Había incluso hombres heterosexuales casados que, aun yendo de la mano con sus mujeres, (quizá obviando el resto del cuerpo), se quedaban mirando y relamiéndose cuando el culo seductor y en movimiento de mi hijo se paseaba conmigo a su lado.

 

Volviendo al desarrollo de la historia, por fortuna o por desgracia, la vida nos pone obstáculos que siempre hay que superar y, si no contamos con las herramientas necesarias para ello, hay que pedir ayuda. Y así fue. Tras varias años de pasión, mi mujer María y yo habíamos entrado en una monotonía que se extendía a todas las áreas de nuestra vida. De esta manera, decidimos ir a terapia de pareja y ambos coincidimos en que ha sido una de las mejores decisiones que hemos tomado en nuestra vida. Tras ahondar un poco en nuestra relación y, consecuentemente en nuestras vidas, salieron a la luz conflictos que no acababan siempre en buen término. Por ello, pero sin peleas fuertes de por medio, acordamos separarnos. Si bien nunca descartamos retomar nuestra relación, observé que a Allen no parecía emocionarle que su madre y yo volviésemos a estar juntos cuando salía el tema; él se había quedado a vivir conmigo y su hermana Atenea, con su madre.

 

Los primeros meses de separación, María y yo estuvimos bastante distantes, percatándonos de que necesitábamos ese espacio de introspección y conexión con nuestras nuevas vidas. Sin embargo, acabamos viéndonos de vez en cuando y terminábamos follando como animales. Esto nos hizo replantearnos nuestra situación; ¿volveríamos a estar juntos?, ¿debemos seguir separados pero mantener nuestros encuentros sexuales? Pero todo llegó tan rápido como se fue. Nos distanciamos de nuevo. Fue varios meses más tarde después de nuestro último orgasmo juntos, que me animé a salir con una compañera de trabajo. Se llamaba Ana. Era preciosa y fue ella misma quien me terminó convenciendo para que un sábado por la noche fuéramos a tomar algo primero, al cine después y a cenar, por último. O mejor dicho, penúltimo, porque para cerrar la velada terminé empotrándola contra cada rincón de su apartamento. Yo llevaba varios meses sin follar y mi polla manchaba mis gayumbos cada vez que le venía en gana, incluso cuando estaba en casa y veía algún cuerpo que no debería provocarme excitación alguna… Debo reconocer que, aunque me lo pasé bien con Ana, ni por asomo fue una noche comparable a las que pasaba al principio con María, ya que a mi exmujer no le faltaba ni imaginación ni picardía y para ella, echar uno, dos y hasta tres polvos al día eran la norma.

 

Cuando Allen me vio volver a casa el domingo al mediodía, no lo tomó a bien. Aunque no hizo escándalo, su mala cara y actitud hacían evidentes que no estaba de acuerdo con mi salida, sobre todo porque (al menos eso pensaba yo en aquel momento) en esos momentos tal vez tenía la esperanza de que sus padres volvieran a estar juntos. Como su postura parecía inamovible, unos días después decidí hablar con él. Entendió a medias, pero creo que más para dejarme conforme que por convencimiento propio. Y entonces cedí yo: no saldría con nadie más hasta ver qué pasaría definitivamente con María. Estuvo de acuerdo y nuestra relación volvió a su cauce normal, al menos era lo que creía yo…

 

Soy un hombre de buen cuerpo. Sin pretender ser pretencioso y basándome en mi trayectoria,  tengo muy claro que gran parte de la sociedad en la que vivo considera que soy todo un ejemplar de “macho ibérico”; soy algo más alto que mi hijo Allen, robusto y con vello bien distribuido, y mi sonrisa y ojos encuentran regocijo cuando veo que alguien me examina de arriba abajo. Tengo un buen rabo, parecido al de mi hijo pero más gordo y mis nalgas propician piropos y guasas con los colegas del gimnasio. Y me gusta el sexo. Mucho. Soy muy caliente y creativo. Abierto de mente y dispuesto a cumplir fantasías.

 

Mi mujer siempre solía estar cachonda a cualquier hora del día y donde fuera. No sé cómo aguanté esos meses sin explotar y cubrir de leche a alguien. Creo que fue más bien la mezcla de sentimientos tras la separación lo que disimuló la pulsión sexual que pudiera sentir. Aunque como ya dije, con Ana lo pasé bien.

Tras hablar con Allen, lo notaba muy cariñoso, alegre, risueño, seductor… ¿Seductor?

 

Y entonces llegó el día.  Íbamos paseando por la Gran Vía para comprarle un regalo por cumplir 18 años. Quería que fuese algo especial porque, al fin y al cabo y aunque para mí todavía es un niño, suponía un punto de inflexión. Caminábamos por la calle Valverde y, al llegar a la esquina con la calle Desengaños, nos reímos al presenciar cómo un cura se quitaba la sotana dentro de un taxi y se bajaba a toda prisa a la calle para entrar en un bar llamado “Boyberry Madrid”. Con la curiosidad que me dio ver al cura entrando con tanta prisa a ese local, unido al hambre que tenía, le dije a Allen que podríamos entrar a picar algo mientras pensaba en el cambio positivo que había visto en él. Y entonces se me cruzó por la cabeza ese adjetivo calificativo: seductor. Él me respondió que teníamos que volver a casa para celebrar su cumpleaños, pues su madre y su hermana vendrían a celebrarlo con nosotros. A partir de ese momento, me inquieté y decidí prestar más atención en sus actitudes y ver si estaba o no en lo cierto. Caí en la cuenta de ciertas nuevas conductas en él: andaba en bóxer muy a menudo, y mil veces me abrazaba cuando sólo estaba vestido con ellos. Al terminar de ducharse salía del baño con la toalla atada en la cintura y siempre pasaba por delante de mí, aunque yo me hallara en la cocina. Me soltaba piropos del tipo: “estás como un toro, pa”; “A tu edad espero estar como tú”… Y muy frecuentemente iba a la misma hora que yo al gimnasio y nos duchábamos juntos allí.

 

Sólo se cuidó de hacerlo esa misma tarde, cuando María y Atenea habían ido a casa a cantarle el cumpleaños feliz.  La tarde transcurrió tranquila y noté que, al agacharse e ir a soplar las velas, apretó sus nalgas contra mi paquete. Y la reacción fue instantánea. ¡Quítate esa idea de la cabeza, es tu hijo! Me dije a mí mismo. Quizá me calenté porque ví a María, tras varios meses… Pero una voz en mi interior me seguí diciendo <<Te está seduciendo tu propio hijo y a ti te eso te la pone dura…>>.

 

Ya hacía meses que me había visto con Ana. Necesitaba acción y sólo me satisfacía pajeándome en cualquier lugar de la casa a cualquier hora, teniendo cuidado de que Allen no me viese. En ocasiones, me masturbaba en el salón cuando ya era tarde y, alguna vez, me pareció escuchar un jadeo cercano o vislumbrar alguna sombra al final del pasillo, cuando estaba con las manos en la masa… <<Será que alguna luz de la calle proyecta una sombra por ahí>>, me decía a mí mismo… Sólo en la ducha o en mi habitación, por las noches, lo hacía aunque él estuviera en casa. Pues bien, decidí decirle a mi hijo que ya, siendo ya mayor de edad, podíamos salir a celebrarlo como hombres.

 

 

Con aquella vocecita que me advertía de que mi hijo me estaba seduciendo, salimos a pasear a la calle y fui con esa idea rumiando en mi cabeza y sintiendo una indignación creciente con Allen (y conmigo mismo, por no haber hablado nunca con él sobre el tema), mientras paseaba con mi hijo por la noche. Y sin saber cómo, llegamos a Boyberry. Y entramos. Conforme iba observando todo y a todos a mi alrededor, me iba percatando de que aquel no era un bar “a la antigua”; Vi un gran póster que invitaba a registrarse en “Bakala.org”; una vitrina con numerosa literatura gay… Y de repente, mi hijo me tocó el hombro para señalarme un televisor que exhibía una película porno que fascinaba a varias personas de las que estaban allí. Curiosamente y mientras contemplaba todo aquello, fui pasando de sentir aquella indignación, a cierta mezcla de curiosidad. O tal vez sería más acorde decir “necesidad”. Una necesidad que luego se transformaría en alegría, ansiedad y vicio. Estando ya dentro, nos reímos y le dije a mi hijo que nos quedáramos allí. Pedimos un par de copas y allí todo el mundo era agradable. Los camareros fueron muy amables y no soltaban de echarnos piropos y de decir que éramos muy buena pareja. Y ninguno de los dos reveló nuestra verdadera relación. Fue entonces cuando me decidí a entrar en una de las salas dejando a mi hijo anonadado. Al procesar lo que presenciaban mis ojos, una mezcla de sorpresa y excitación  recorrieron todo mi cuerpo y mi polla presionaba hasta causarme una molestia cada vez mayor en el pantalón. Era un cuarto de “cruising” y muchos hombres se besaban y tocaban de una manera muy provocativa… Seguí caminando y escuché una voz que decía entre gemidos: << ¡Allen, qué gorda la tienes, quiero que me preñes y me llenes la boca de leche!>>. Entonces me acerqué rápidamente para descubrir que, en un cuarto en el que había un agujero en la pared y donde había un rótulo que rezaba “Glory hole”, alguien metía un buen rabo para que, otro tío al otro lado del muro, se la tragara hasta los huevos. Pero ni rastro de Allen… ¿Qué había pasado?

 

Yo ya me había olvidado de reparos morales y, aunque me sorprendió descubrir que un espectáculo donde sólo participaban hombres me ponía así de cachondo, era mi cuerpo el que ahora hablaba;  acariciaba mis pecho, y mi polla por encima del pantalón… Hasta que no pude más y me saqué la polla; recorría todo el tronco y llegaba al capullo para luego chuparme los dedos con propio líquido preseminal… Hasta que creí ver cómo el tío que estaba chupando esa gran polla se iba transformando en mi hijo Allen. Debido al calor y al efecto embriagador del olor a macho y a sexo que había en aquella habitación, estaba extasiado cuando cerré los ojos y la imagen de Allen iba cobrando nitidez hasta representarse completa, vívida, en mi mente. Me besaba, me chupaba, me tocaba y me lamía el cuello… Y yo le devolvía el beso, lo acariciaba y bajaba su cabeza para que engullera mi polla hasta la tráquea, para empezar a follarle la garganta mientras le agarraba la cabeza. Y abrí los ojos. Allen no era ninguno de aquellos dos tíos. O, al menos, no mi Allen…

 

Salí de allí y quedé con un sentimiento extraño. Me sentí mal por pensar en mi hijo de aquella manera pero, al mismo tiempo, aún estaba duro como una piedra y me recorría el cuerpo esa electricidad, señal de que lo había disfrutado muchísimo. Entre una vorágine de emociones y absorto en mis pensamientos, me encontré de frente con el Allen real. Me preguntó si estaba bien y que por qué había tardado tanto. Nervioso, le expliqué titubeando que había oído su nombre dentro y que por eso me adentré… Observé que asentía pero mantenía la mirada de escepticismo. Esos ojos dorados que, ahora, se me antojaban irresistibles. Cuando  volvimos a sentarnos, vi al chico que estaba en el glory hole y alguien se dirigió a él llamándole “Allen”; mi hijo y yo nos empezamos a reír y me confesó que no se había creído del todo el motivo que le di por el cual entré a ese cuarto y me demoré allí…

 

 

 

Entonces Allen se puso en pie y la erección que marcaba su bulto era impresionante. Traté de no mirar y me dijo que iba al baño. Por ese entonces, ambos estábamos “contentillos” tras tantos chupitos de tequila. Vi que tardaba mucho y aproveché para ir a buscarlo y así mear yo también. Cuando llegué al baño, no estaba allí. Me vacié, salí de allí y me metí otra vez por aquellos cuartos oscuros… Y allí estaba él; con los pantalones medio caídos y la polla erecta, atravesando aquel agujero en la pared, donde una boca ávida de carne entubada, lamía el capullo mojado de mi hijo. Allen tenía una copa en la mano y me di cuenta de que dejó caer por la comisura de sus labios un pequeño chorro de su bebida, que se limpió con la mano mientras me miraba dejándome ver una sonrisa pícara que derribó todas mis defensas.  De inmediato actué. Me acerqué a él y me posicioné justo detrás.

 

Feliz 18° cumpleaños, hijo – Le susurré al oído.

Papi… papá… – Balbuceaba él.

¿Era este el regalo que querías? ¿Ver cómo tu padre observaba a su hijo dando polla? – Me sorprendí a mí mismo al hablarle así a mi hijo, pero nunca había estado tan caliente.

¿So… sólo vas a mirar? Quiero… quiero que… – Decía Allan.

 

En ese momento volví a la realidad. ¡Esto está mal! – pensé. Y mi hijo pareció leerme la mente porque me dijo: – No te preocupes, viejo, déjate llevar y olvídate de lo que te han enseñado; disfrutemos, que sólo estamos pasándolo bien… Quiero que seamos felices -. En ese momento, hizo su culo hacia atrás y me apretó el paquete, mientras que estiraba su brazo y ponía su mano derecha en mi nuca, giró su cara muy despacio y nos fundimos en un beso de lenguas apasionado. Se dio la vuelta y su polla quedó al descubierto; estaba orgulloso de cuánto había crecido mi hijo. Esa polla era digna de follar cualquier boca o culo que se pusiera por delante. Allan metió su mano por debajo de mi camisa y buscaba mis pezones y enredar sus dedos en el vello de mi pecho. No hablábamos. Sólo eran gemidos y acción. Me sacó la camisa con fuerza y dejó mi pecho al descubierto. Con las manos y la boca se abalanzó sobre mis pezones mientras que yo tiraba mi cabeza y mi torso hacia atrás, dominado por el placer. Me subió los brazos y, como un perro, comenzó a lamer mis axilas… Apretaba la cara contra ellas y aspiraba el aroma que desprendían; un agradable olor a hombre, a macho… llevé un dedo a su boca y contemplé cómo chupaba arriba y abajo el mismo; mostrándome un preludio de lo que sucedería después. Mi hijo eran muy hábil con su lengua… Cuando saqué mis ya 2 dedos de su boca, bajé con esa misma mano, recorriendo su espalda hasta llegar a sus nalgas y, mientras él me comía el cuello y frotaba su polla contra mi muslo, para apretar fuerte ese culo y darle una nalgada, a lo que él pegó un pequeño brinco poniéndolo en pompa. Entonces rodeé su agujerito con mi dedo húmedo y se estremeció de placer. Tan sólo gemía y decía cosas como: <<… Durante mucho tiempo… >>; << Sí, sí, sí…>>, <<Papá, qué polla tienes…>>… A mí esas palabras lascivas, prohibidas e incestuosas me pusieron a mil y le dije que si eso era lo que quería, no llorara cuando le rompiese el culo. Le metí un dedo y luego otro… Los saqué y me los llevé a la boca. Mmm, qué rico sabía Allan…

 

 

Yo estaba ya fuera de mí. Me bajé los pantalones y comenzamos una lucha de espadas que me tendría a mí como vencedor. Agarré del cuello a mi hijo y se asustó. Pero al momento sonrió y me dijo – Haz conmigo lo que quieras, papá -.  En ese momento, estando cara a cara, abrió la boca y le escupí para luego lamer sus labios y su lengua. Empujé  su cabeza y fue deslizando su lengua por todo mi pecho y abdomen, hasta llegar al ombligo, ahí se detuvo y miró hacia arriba con una mirada perversa. Mi hijo me estaba poniendo muy bruto y se lo iba a demostrar. Se paró a mirar mi polla y se mordió el labio mientras son una mano se pajeaba frenéticamente.

  • ¿Es esto lo que mirabas por las noches? ¿Tienes en tu cuarto los calzoncillos que le faltan a tu padre? ¿Crees que no he visto cómo me provocabas? – le pregunté.

Y sin dejarle contestar, le metí la polla hasta la garganta, haciendo que se atragantara y le lloraran los ojos. Pero en vez de apartarse, sacó la lengua por debajo del tronco de mi polla, para abarcarla toda y ahí empezó lo bueno… comencé un vaivén de mis caderas mientras follaba la boca de mi hijo. Él sólo ponía sus ojos en blanco y gozaba como un cabrón. Elevó sus nalgas, quedando de rodillas mientras me hacía la mejor mamada que me han hecho nunca y aproveché para escupirme dos dedos y volver a follarle el agujero. Pero esta vez metí un tercero. Aparté su cabeza de mi polla y él la empujaba hacia adelante con la lengua fuera; estaba loco con mi polla y yo jugaba con él. Tuve que detenerlo o, de lo contrario, lo llenaría de leche. Lo agarré por los sobacos y lo elevé en el aire, y él me agarró con sus piernas la cintura, quedando mi polla justo entre sus nalgas. Mientras nos comíamos la boca apasionadamente, vi como el tío que le estaba chupando la polla a mi hijo nos observaba ávido de lujuria y relamiéndose. Se lo hice ver a mi hijo y lo puse a cuarto patas; ahora sería Allan quien se comiese el rabo de aquel desconocido (que más adelante me enteraría de que era un famoso actor porno…) mientras yo metía la lengua por su hoyito… Estábamos sudando como cabrones y a mi hijo le encantaba que le follara el culo con mi lengua. Y era todo un experto comepollas. Aquel tío no sólo sabía tragar rabos, también estaba metiéndole los huevos en la boca a mi hijo y éste les daba vueltas y los sacaba y los chupaba. Para pasar luego a la polla. Lamía el tronco por los dos lados y subía con su lengua desde sus huevos hasta la punta del capullo, despegando lentamente su lengua para saborear el líquido preseminal. Sin previo aviso, el actor porno comenzó a gemir y a jadear, mientras agarraba con fuerza la cabeza de mi hijo. Yo pensé que iba a vomitar, pero el cabrón de Allan se estaba tragando hasta la última gota de chorrazo de leche que había lanzado aquel tío. El actor se despegó y no lo volvimos a ver más. Allan dijo: << Ahora estamos los dos solos >> . Se puso en pie y nos morreamos mientras nos arañábamos la espalda y el culo. Era demasiada pasión. Quería follarme a mi hijo y nada me detendría. La falsa moral  y los tabúes quedaron en la entrada de Boyberry

 

Ya estaba suficientemente dilatado; me senté en un taburete que había allí y mi hij se sentó de frente a mí, colocando mi polla, entonces ya a punto de reventar, gorda, y con las venas palpitando de deseo, en la entrada de su ano. Acerqué sus labios a los míos y me abrazó, y aproveché ese momento para meter la punta. Jadeó mientras nos besábamos y tomé esa respuesta como indicativo para seguir metiéndosela. Veía en su rostro una mezcla de dolor y placer que me ponía a mil. Acabé ensartándosela hasta las pelotas y soltó un grito de placer que habría oído todo el que estuviera a menos de 30 metros… Comenzó a subir y a bajar, primero despacio, para ir acelerando y asegurarse de que le entraba hasta el último de mis 21 cm. Así continuamos un rato, desconectados del mundo y existiendo sólo el uno para el otro, cuando sentí un chorro en mi pecho y que llegó hasta mi cara. Allen casi se había desmayado tras esto; se dejó caer hacia atrás y entonces lo tumbé en el suelo boca abajo y empecé a follármelo como una bestia. ¡Se volvió a poner duro el muy cabrón! Pero ahora me tocaba a mí. Con el morbazo de la situación y viéndole la cara de lado, aumenté el ritmo de mis embestidas y exploté en su interior hasta bañarle las entrañas de leche caliente… Sentí cómo se estaba pajeando y él también volvió a eyacular… Nos quedamos ahí tendidos y al minuto se dio la vuelta y me abrazó. Nos miramos a los ojos y supimos que ya nada sería lo mismo.

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