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No me gustan los hombres

No me gustan los hombres, bueno quizás un poco, no sé, quizás me gusten o eso empecé a pensar hace varias semanas atrás.

Acabo de salir del Bachillerato y siempre he estado encerrado entre mi pueblo, mis amigos, mi familia, en resumen, siempre la misma vida aburrida y monótona, pero eso ya termino. Ahora me he mudado a Madrid, ¡Si! La gran ciudad, la capital.

Lo que no esperaba que este cambio también cambiario algo en mi interior, en lo que sentía, o en lo que pensaba.

En mi primera noche como universitario oficial, como no lo que más quería era celebrarlo con mis nuevos compañeros con una gran fiesta y un poco de desfase.

Lo que no pensaba era que esta noche haría que mi vida diera una vuelta de 180º.

Era nuevo en la ciudad, pero la verdad qué había encajado bastante bien con un grupo de mí misma carrera, sobre todo con Raúl, ese chico que se sienta a mi lado cada mañana con su pelo rubio, sus ojos marrones, sus camisas con los dos primeros botones desabrochados que dejaban ver unos pelitos que la verdad le daba mucho morbo.

Aquí fue cuando todo empezó a cambiar. ¿Qué pasaba en mí? ¿por qué me excitaba pensar en él? ¿por qué provocaba que mis pantalones estuvieran a punto de explotar? ¿por qué me hacía pajas pensando en tenerle entre mis piernas con sus manos en mis hombros?  Cuando llego aquella noche.

Ya sabéis, fiesta, alcohol, música, amigos y Raúl más guapo que nunca. No podía evitar fijarme en como bailaba, como se movía, su cintura, su culo… Este fue el momento en el que no me pude resistir más y le conté lo que me estaba pasando, que le deseaba, que quería besarle, tocarle, sentirle.

Lo sorprendente fue cuando el me respondió de la forma que menos me esperaba, el mejor beso que nunca me habían dado, nuestras lenguas jugando en nuestras bocas. En este momento me sentí yo mismo, me sentí liberado, me sentí invencible, pero quería más. Quería perderme en su cuerpo, besarle, bajar por su cuello, acariciar su pecho con mis manos y bajar por su tripa hasta llegar a su paquete, sentir sus manos sobre mi cabeza, el calor de su piel. Pero algo en mi decía no.

Desde este día no podía ni mirar a Raúl a los ojos. Hasta que un día me dijo que debía aceptarme como soy que debía descubrirme a mí mismo, vivir aventuras, cumplir mis deseos sexuales. Yo confié en él, quedamos un día en la boca de metro de plaza de chueca, no sabía dónde quería llevarme y para mi sorpresa acabé en la puerta de un sitio que se llamaba Boyberry sitio que ya había estado mirando en internet.

El me pregunto si estaba listo Y con un poco de dudas respondí que sí.

Al entrar a este sitio me di cuenta de que era un sitio donde poder conocer gente diferente, donde no me sentía juzgado por ser o no ser.

Cuando me di la vuelta me encontré a Raúl besando a un chico, la verdad no entendía muy bien que es lo que estaba pasando, pero este chico se acercó a mí, puso sus manos sobre mi cintura y pego mi cuerpo contra el suyo y empezamos a comernos la boca sintiendo nuestros cuerpos pegados y nuestras pollas duras rozándose tras el pantalón. Al instante sentí detrás de mí a Raúl acariciando mi cuello y pasando su lengua por el hasta morder mi oreja.

No sabía muy bien lo que estaba pasando, pero lo único que sabía era que no quería que terminara, quería más, necesitaba más.

Acabamos en mi casa o mejor dicho en mi cama los tres y disfrutamos de lo que era mi primer trio con dos hombres.

Desde este día no puedo parar de pensar en nuestros cuerpos desnudos, mis manos acariciando el cuerpo de otro hombre, el disfrute de ese cigarro después de un buen polvazo.

Pero quería más, quería seguir descubriendo y volví a Boyberry y no imagine lo que encontré bajando esas escaleras tras la puerta.

Nunca había oído hablar de lo que era un gloryhole y ahora soy el primero que asoma mi polla buscando una boca que me mame hasta los huevos. Pajearme solo hasta que llegue un hombre que me haga compañía.

No sé qué será lo que haya cambiado en mi pero lo único que sé es que quiero seguir disfrutando y lo que tengo claro es que he descubierto lo que realmente me excita, lo que me la pone dura. Los hombres.

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