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Medical revision

El brasileño te escribe al día siguiente y te envía su ubicación por WhatsApp. Te llevas lubricante porque él no tiene. Le dices que también llevarás condones. Casi le da igual eso. Metes el plug de goma en tu neceser. Esa verguita de plástico negro que compraste con tu prima lesbiana. La única de la familia con quien puedes hacer este tipo de shopping. Ella salió del armario, como una valiente, en plena Navidad. No como tú, que lo hiciste por e-mail a miles de kilómetros, cuando ya te habías separado de tu mujer. Tan millenial de los 80’s. Dejas de comer sólidos a partir de las cinco de la tarde y te haces un lavado anal con la manguera de la ducha porque no has comprado la pera en la farmacia. Ya la comprarás. Y te vaciarás los intestinos con esmero fantaseando con ese canario que te folla tan bien. Pero faltan días para eso. Así que ahora improvisas la lavativa quitando la alcachofa de la manguera. Das unos saltitos para comprobar que no te queden líquidos dentro. Todo con tal de no mancharte de mierda. Aunque sea la tuya.

Cuando llegas a su piso enano, te clavas la punta de la mesa donde están desperdigados libros en inglés sobre medicina, no comentas nada. Él está fumando marihuana y te pregunta si no te importa, y subraya que fumar le pone más cachondo. Te coge el culo y saca un poco la lengua. Tú llevas unos pantalones negros, ajustados, para la ocasión. Aquella noche en la cabina del Boyberry, te folló con sus dedos hasta que te corriste, y te amenazó: si te pones así con mis dedos, espera a que te meta la polla… te voy a partir. Su polla no se puso erecta del todo, ni cuando se la comiste en el glory hole, ni cuando te llevó a la cabina, pero te dio igual. Él justificó su flacidez con el cansancio. Ahora que estás en su casa, se muerde los labios y te hace dar media vuelta para pegarte unas nalgadas: putita, te susurra. Sus ojos felinos se entrecierran y empiezas a ponerte cachondo. Sentirte deseado te pone. ¡Y qué guapo es, el hijo de puta! Y qué poco besa, el maricón. Qué lástima, con la cantidad de carne que tiene en los labios.

Charlan un rato y te cuenta que es médico y está haciendo una especialidad en geriatría. Tú estás tumbado en el sofá pensando cuándo carajo va a empezar la acción. Pero escucharlo te relaja y te hace sentir más cómodo. Así que dejas que la charla avance. Se termina el porro y se sienta a tu lado en el sofá. Lleva puestas unas calzonas de baloncesto y se le marca el paquete que se toca sin reparo. Te agarra del pelo y lleva tu cara a su entrepierna: te lo vas a comer todo, anuncia sonriendo. Tu voz es más un suspiro dilatado en el tiempo que otra cosa: sssssí. Tomas la iniciativa y te pones en posición cowboy, aún vestido, arqueando la espalda –como muestra en su onlyfans el actor porno de Sant Cugat al que sigues- y haces sobresalir tu culo. Inmediatamente te vienen imágenes de ratas hembra que indican su disponibilidad sexual a través de la lordosis. Te desconcentras y tu cabeza se va de ahí. Pero él te enreda en sus brazos y sus manos van a tus nalgas –duras-, protagonistas de la velada. Tu cabeza vuelve, menos mal. Él gruñe un poco y te muerde la piel del cuello y las orejas: ¿has traído lubricante?, pregunta. Sí, contestas. Y le enseñas el plug. Esta noche va a ser larga, añade al ver el artilugio. Azota tu culo alternando nalgadas y golpes con los puños. Nunca te han dado tantos puñetazos en las nalgas. No está mal. Violencia sutil.

 

-Quiero que seas una puta; eso es lo que me pone más cachondo: tener un sumiso para mí, un esclavo, -te dice pasando su lengua por tu oreja.

-Yo soy tu esclavo, -contestas-. Haré lo que quieras.

 

Entonces te da una cachetada casi con ternura. Nada excesivo. Microagresiones que oscilan entre bofetadas, tirones de pelo, spanking y puñetazos en tus nalgas. Con menos frecuencia -cuando te atrapa entre sus miembros-, te golpea con sus piernas, pegando patadas a las tuyas. Más de una vez te dice: si quieres que pare o algo no te gusta, me lo dices. Tú solamente gimes: ajá, alargando la segunda a y tragando aire. Es el polvo en el que menos hablas; solo sigues órdenes. Te manda tumbarte boca abajo sobre tus rodillas, así empieza el castigo. Te azota un par de veces e intenta quitarte los pantalones sin dejar de mirarte y llamarte puta. Los llevas tan ajustados que el botón no soporta la presión y salta como proyectil. Él no se inmuta ante el botón perdido; tú pagaste ayer seis euros para que te lo arreglaran. Ahora a la mierda.

El brasileño frota las yemas de sus dedos contra tus glúteos, haciendo giros suaves sobre tus calzoncillos. Las caricias bajan y suben por tu culo, tocando sutilmente tus testículos. Sin aviso, mete los slips entre tus nalgas, tirando ágilmente hacia arriba, tú notas la presión en los huevos. Un tanga te quedaría de puta madre, dice cavilando. Creo que tengo uno por aquí, añade mientras intenta levantarse para buscarlo. Pero tus pantalones, hechos rollo, atenazan tus tobillos y al querer ponerte de pie, resbalas como un cuerpo inerte –lisiado-, de pobre motricidad. La imagen le hace gracia. No te muevas, dice poniendo voz de villano. Y sigue el spanking. La intensidad de las nalgadas va subiendo y de vez en cuando mete la punta de su índice en tu ano, muy sutil. Quítate todo y te pones a cuatro patas, te ordena. Obedeces. Él pone su cara a la altura de tu culo y empieza a morder tus nalgas y lamer entre ellas. Gruñe y gime mientras te da puñetazos en los glúteos. Me pones como un animal, bufa. Tú le golpeas la cara con tu culo, y enseguida lo alejas de su boca. Ese juego lo pone más cachondo. Arquea la espalda, piensas. En una de esas, separas tu trasero de su boca, y se enfada como el niño al que le quitas un caramelo. Se abalanza sobre ti y te tapa la boca con una mano, tirándote del pelo con la otra.

 

-Te voy a violar putita –susurra una voz que no es la suya, pero que sale de su cuerpo.

-Viólame –responde otra voz que no es la tuya, pero que sale de tu cuerpo.

 

Acuéstate, le ordenas. Túmbate boca arriba. Lo hace. Te sientas en su cara dejando la distancia justa entre tu cuerpo y su lengua. El músculo húmedo entra y sale de entre tus cavidades. Lo hace suavemente, puedes escuchar la melodía de la saliva, mientras sus manos aprietan la piel de tu espalda. Te apoyas con las palmas abiertas sobre su pecho, su polla te queda de frente. La contemplas ensancharse, saludándote. Ves cómo se yergue y te grita. Pero no vas a comértela. La dejas hincharse un poco más. Y cabalgas su lengua que se ha puesto tan dura como su verga. Eres experto jinete de ese rodeo. Sabes cuándo asentar por completo tu carne sobre su cara, y en qué momento dejarle espacio para respirar. Que no se agobie, pero que sienta que se ahoga. Lo sabes bien porque así como disfrutas estando arriba, puedes pasar horas comiéndote un buen culo, como si no hubiera santuario más sagrado en el mundo. Abrir las nalgas con tus manos y besar ese agujero, esa boca sin lengua. Y para encontrarla, has de meter la tuya hasta el fondo y no te importa que el otro cuerpo te aplaste, y te quedes sin respirar. Porque el mundo entero, está ahí. Lo tienes entre tus manos. Es igual de redondo y misterioso que La Tierra. Y, como ella, tiene sus fondos abisales.

 

-Podría estar así toda la noche –dice una voz que viene de abajo-. Pero quiero un porro. ¿Tú fumas?

-No mucho –respondes mientras te incorporas. Le das dos caladas al porro y el tiempo se estira por todos lados, se deforma.

-¿Te gusta el porno? –te pregunta la cara entre la bruma.

-… ¿a quién no?

-Es mi otro vicio. Me ponen mucho las revisiones médicas.

-Si quieres hacemos una –respondes sin filtrar nada de lo que pasa por tu cabeza.

-Pero yo haré de paciente. Si hago de médico, me sale la deformación profesional. No me concentro.

 

Te entusiasma la idea porque cuando ves la categoría Doctor en Gay Male Tube, siempre te fijas más en el que interpreta al médico. Lo que te pone cachondo son esas acciones, sin aparente intención sexual. En la que un profesional se limita a hacer su trabajo, y es el paciente el que se excita y sucumbe al contacto. Meterle mano a un tío a que va a una consulta. Buffff. Se termina el porro y te propone meterte el plug para ir dilatando tu ano. Te pones otra vez a cuatro patas. En tu cabeza drogada esta transición dura horas. Como no le ves la cara de excitación al brasileño, te distraes. Entonces su lengua te recuerda su presencia. Y ves la mesa con los libros de medicina enfrente de ti. El piso enano. Tienes hambre.

 

-¿Trajiste lubricante?

-Solo tenía esto –contestas enseñándole dos sobres que pillaste aquella noche en el Boyberry-. Úsalos bien. El mínimo dolor me corta el rollo –rematas.

 

Lo hace con maestría. Y cada vez que lubrica el cacharro de goma y te lo introduce en el ano, aprovecha para meterte también algún dedo, o dos. Gime. Tú te concentras en relajarte, con la confianza de haberte preparado para ser pasivo. La higiene es básica para ti. Y como vas limpio, te dejas meter el pequeño consolador hasta la base. Él empujaba el dildo como si lo estuviera atornillando, lo saca, te sopla entre las nalgas y las muerde, luego mete sus dedos. Tú te estremeces de placer y te da igual que te llame putita cien veces seguidas. Su polla se pone tiesa en segundos, y te la mete sin condón.

 

-Ponte el condón, joder –le exiges.

-Solo estoy jugando, ahora me lo pongo –responde sin apuro.

 

La marihuana te sube más -si cabe- y te pones más cachondo, o te sugestionas pensando que lo estás, y le dejas metértela un par de veces sin condón. Después se lo pone y te folla fuerte; eso no lo disfrutas tanto como todo lo anterior. Tu ano está tan dilatado que no te das cuenta –hasta que te saca la polla del culo- que has manchado la sábana que cubre el sofá con un líquido oscuro que corre por tus piernas. Crees que es sangre. Él te dice que no. Que es una mezcla de lubricante y algún residuo de tu recto. Que después de un lavado, algunos residuos bajan y se escurren por el ano después de horas. Te dice que no le importa, que quiere seguir. A ti esto te corta el rollo, y te vas a lavar a la ducha. El efecto de la droga hace que la ducha dure media hora, pero en realidad sales  tres minutos después de haber entrado.

Él se hace otro porro y también le das un par de caladas a ese. Se sienta en el sofá y te manda ponerte de rodillas e interpretar al médico que le hace la revisión a un deportista lesionado en la entrepierna. Lo haces como un profesional. Te pones serio y evitas los comportamientos sexualizados para que tu versión del doctor tenga más verosimilitud. El brasileño se pone muy cachondo y saca un frasco de popper.

 

-Empieza otra vez –te ordena-. Revísame y dime que necesitas una muestra de semen.

-Ajá –respondes. Te gusta que un médico de verdad te diga cómo jugar a ser médico.

-Dime que tienes métodos clínicos para estimularme y facilitar la eyaculación. Yo me haré al contrariado. Y cuando me veas desconfiar, me agarras fuerte de los huevos y me dices: confíe.

 

Te jode mucho que se ponga a dirigir la escena porque, claro, él no sabe que tú haces teatro con un grupo amateur. No te ha preguntado a qué te dedicas. No le importa, está claro. Aunque pasaran media hora hablando de los tres geriátricos donde él trabaja y que tiene que aprobar el MIR por segunda vez, jamás pregunta qué es lo que haces tú. Vuelves al cojín que te han designado en el suelo y empiezas el protocolo médico de nuevo.

El efecto de la droga te hace dilatar un poco las frases, pero el numerito es igual de bueno. Él te mira, extasiado, mientras tú revisas su entrepierna por encima de la ropa, con movimientos no sexualizados pero firmes, manteniendo el contacto visual, como lo has visto y aprendido en el porno.

 

-Ahora me ofreces el frasco de Popper –te indica el director de la porno casera.

-Inhale dos veces con cada fosa nasal –le dices a tu paciente en tono neutro, acercando el frasco a su nariz.

 

Él inhala, luego inhalas tú también. Él te mira sin dejar de sonreír. El vasodilatador hace su efecto enseguida y empiezas a comerle la polla para extraer la muestra de semen.

 

-Así que el médico es una putita –exclama el paciente.

 

Tú no contestas. No lo miras. Cállate, piensas. Y sigues aferrado a su polla, que él empuja hasta donde nunca te ha llegado antes un rabo. Sientes algo de dolor en la faringe y usas tu técnica de relajación para situaciones como esta. Yo quiero que esto pase, te repites unas cuantas veces. Él tarda pocos minutos en correrse y tú, aún animado por el popper, sigues lamiendo alrededor de su glande con cuidado de no tragarte nada de semen.

 

Y ocurre el minuto muerto.

 

Ese limbo psicodélico cuando él se ya se ha corrido y la excitación merma. El momento en el que, si esto fuera una porno real, el vídeo se corta de repente. Y el brasileño, con el morbo en el abismo, te suelta:

 

-Ponte a cuatro patas en el sofá. Te ayudo a correrte.

 

Y tú ahí, con el médico que te da Popper otra vez para que dilates sin problema. Te folla con sus dedos y el dildo negro. Sin la atmósfera sensual de hace dos minutos. Con el morbo extinguido. El médico brasileño asiste un procedimiento de rutina. Tu escenita porno se convierte en una revisión de próstata. Y te corres, más por compromiso que por gusto. Él te saca los dedos del culo. Se limpia con la sábana, que quita enseguida del sofá y echa donde está el resto de la ropa que mañana lavará. Tú te duchas, lento y torpe. Él te ofrece unas galletas. No más de tres.

 

-Chocolate –te explica-. El azúcar te hará bien.

 

Sales del piso enano un poco mareado. No tardas ni diez segundos en devorar las galletas mientras caminas hacia el metro. Pasa por tu cabeza la idea de llamar a su puerta y pedir más galletas. Tienes hambre. Te arrepientes de no haber cogido más. Pero tampoco te ofreció más. No vuelves atrás, ni llamas a la puerta. Te quedas con esas ganas, y con ellas subes al metro. El efecto de la droga se esfuma y con él se va el mareo. Se han ido las galletas también. El botón de tus pantalones se fue hace mucho. Y así haces todo el camino de regreso a casa: carente y hambriento. Pobre.

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