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La asamblea de los jabalís

Tu pene es una manguera que riega sangre. Un chorro contundente de sangre bien rojita. No eres capaz de contener la hemorragia, borbotones que se abren paso a través de tu uretra. Piensas en tus amigos con VIH. Dos. Vivos aún. Piensas en tus amigos con cáncer. Dos. Vivos después de la extirpación de los tumores cancerígenos. Supuestamente limpios ya de esa mierda. No paras de mear sangre. El cuarto de baño se llena con tus glóbulos rojos, eres incapaz de no regar el suelo con la herencia de tus padres. Despiertas. Tocas instintivamente la cama aunque, ya fuera de la pesadilla, sabes que no te has meado. Efectivamente, está seca. Te vas al váter y orinas. Vigilas si hay ardor en la uretra de tu vida no onírica. Todo bien. El suspiro pretende ser de alivio hasta que tu aliento te hace fruncir el ceño. Te largas a la playa.

Te cuesta encontrar un buen sitio entre tanto turista gay ansioso por poner el culo al sol. ¿No hay más playas en Barcelona, coño? Con resignación, colocas tu toalla junto a una pareja de chicos jóvenes que no dejarán de meterse mano mientras estés ahí, prepárate. Aun con los cascos puestos y la música a todo volumen, escuchas sus risas y cómo truenan sus besos. Resoplas. Abres Biografía del hambre por donde la dejaste hace tres días; a ver qué te cuenta Amélie Nothomb. Te cuesta concentrarte con los tórtolos que ya casi se ponen a follar en tu toalla. Cambias el libro por el mar. Pero después de unos minutos de tragar microplásticos y pisar piedras con sargazo, empiezas a asquearte. Ya no sientes pudor al salir del agua completamente desnudo, ¡lo que has cambiado de un verano a otro! Te extiendes cual lagartija al sol para secarte. Tecleas en Google sargazo. Bla, bla, bla, coloquialmente llamada maleza del engaño, la maleza del Golfo bla, bla, bla. Vale, no has pisado sargazo porque aquí no hay. Ahora googleas “algas del mediterráneo”. La búsqueda muestra en primer lugar una web que te redirige a la definición de la posidonia oceánica –que no es alga sino planta, cierras la página-, y otra web te lleva a el alga ostreopsis que se extiende por las costas catalanas, bla, bla, bla. ¿Y a ti qué mierda te importa esto? Las risas de la parejita te taladran. Te giras hacia ellos, que siguen con los besos, lengüetazos y manoseo:

-Detrás de esos matorrales se puede follar sin que nadie te vea.

Sorry, -contesta uno. Putos guiris, piensas-, I don’t speak Spanish.

-Ya… te digo que ahí atrás, -insistes- behind those bushes there’s a spotnevermind. Adiós.

Bye, -responden al unísono.

 

Y te alejas balbuceando. Sacudes la toalla sin importarte la arena que estás echando en los ojos de los bañistas ajenos a tu amargura. Monologas. What I mean is we don´t have to witness your sex session, go and find a discreet place to fuck for Christ sake! O sea, ¡Lo que quiero decir es que no tenemos por qué presenciar tu sesión de sexo, ve y búscate un lugar discreto para follar, por el amor de Dios! Eso es lo que querías decir al guiri. Pero te faltaron huevitos. Así que, para consolarte, lo vas repitiendo de camino al metro. Varías las entonaciones del discurso y visualizas una gran bronca en medio de la playa: bañistas y socorristas de La Mar Bella acuden al borlote y se arma una batalla campal de maricones en pelotas. Unos apoyan a los exhibicionistas y otros te apoyan a ti. Y -como siempre que armas discusiones en tu cabeza-, ganas. Solo en ese momento se dibuja tu única sonrisa de la mañana.

Te pica el culo. Mañana tienes cita con el médico. Estás sentado en el metro haciendo movimientos sutiles para aliviar el ardor. Que no sean las hemorroides saludando, por favor. Tu expresión, reflejada en el cristal de enfrente, es seria. Con el rictus que adoptabas cada vez que te sientes culpable e interpretas la víctima para ese señor gordo y amargado, tu juez interior. ¿Por qué salen las hemorroides? Son la reacción defensiva de tu culo a la embestida de esa polla sin condón que te atacó anoche. Esa es tu explicación favorita: tu cuerpo intentaba defenderse de una violación. Te voy a violar, putita, susurraba el brasileño que conociste en el Boyberry, mientras te estrujaba la piel de las nalgas. Estabas a cuatro patas con el gesto aflojándose cada vez que ese hombre con ojos de gato te metía los dedos en el culo. ¡Y ese acento! Mezcla de español aprendido en Argentina  y el curso intensivo que le han dado las telenovelas mexicanas. Fue como si Soraya Montenegro -pero convertida en un hombre perverso de ojos asesinos- se estuviera follando a la maldita lisiada. Solamente que el lisiado eras tú y podías caminar perfectamente. Solo estás lisiado –paralítico, disminuido- del músculo rojo que no se calla y golpea tu pecho entre una respiración y otra. ¡Qué delgada es la línea entre un fingerfucking y la revisión del proctólogo! Y qué triste, tu corazón.

Buscas más caras tristes en el metro,  a ver quién está más jodido que tú. Señora dando cabezazos, a punto de dormir; turistas sobrepasando los decibelios conversacionales (¡ojalá estuvieras en Berlín!); chica leyendo El dol és aquella cosa amb ales; mujer joven con carrito que incluye bebé; señor que mira con descaro el paquete que marcan tus shorts aún húmedos y salados. Te molesta esa familiaridad fingida de los hombres que se te quedan mirando el paquete. Delante de la gente –analfabeta del lenguaje sexual de los hombres-, te dice que quiere comerte la polla mientras se pasa la lengua por los labios. Lo hace sin hablar. Basta con sostener la mirada más de tres segundos, y ya está todo dicho. Cruising viene de patrullaje, vigilancia, caza. Era una palabra clave en países donde la homosexualidad estaba penada. Ahora, esta acción visual comunica disponibilidad para el sexo. Te acomodas el paquete, el señor que te mira –de tanto lamerse-, casi babea. Resoplas y niegas con la cabeza haciéndote al ofendido. ¿A qué estás jugando?

Vuelves a la mujer joven que lleva el carrito del bebé. Alguien que no eres tú le cede su asiento. ¿Por qué no le has cedido tú el asiento? Miras al bebé chuparse los dedos mientras la mujer juguetea con sus minúsculos pies, y piensas: ojalá este bebé se ahogara en un vómito espontáneo y yo pudiera salvarlo poniéndolo de cabeza o boca abajo. Sería un héroe. La gente me querría; por lo menos me admiraría. Quizá hasta ligaría. Ahora que vengo moreno de la playa y acabo de humectar mis labios. Tengo la cara perfecta para ligar. Así que ojalá se ahogue el bebé pronto, en un vómito blanco de leche recién mamada. O se atragante porque no le han sacado bien el aire. O lo que sea. El tren se detiene. Bajan todos los pasajeros de tu vagón, menos la chica lectora.

Rebuscas en tu mochila, pero en vez del libro de Nothomb, sacas Lolita. Coñazo, piensas. ¿Cuánto lleva este libro aquí? Y entonces, te enamoras -entre la parada de Passeig de Gràcia y Plaça de Catalunya-, del chico moreno que se sienta frente a ti. Él también lleva un libro, nunca sabrás cuál es. Sigues escudriñando en tus cosas y por fin das con Biografía del hambre. Te acomodas para leer sin perder de vista al amor de tu vida. Él se esfuerza por leer la solapa de tu libro. No se lo pones fácil, en principio. Pero lo ves levantarse –sin dejar de mirarte-, y preparar su descenso. Y en ese momento –con el gesto más artificial que se te ocurre-, descubres la cubierta del ejemplar. Y el chico moreno abandona el vagón –satisfecho-, sin mirar atrás. Lo ves alejarse por el andén, con tus ansias frustradas de oler su camiseta blanca. Fin de trayecto. Hoy, por mucho que busques, aquí no hay nadie más jodido que tú.

Después de comer te tumbas un rato a mirar ofertas de trabajo. Puto Infojobs, te descartan de todo. Entre bostezo y bostezo, notas cómo empiezas a empalmarte. Esa es tu hora más sexual, la digestión. ¿Por qué? No lo sabes. Por la sangre, será. Que se concentra para que tu aparato digestivo haga sus cositas. Sangre. Recuerdas el sueño que te despertó esta mañana. Asquito. Te sobas un poco la polla por encima de los calzoncillos y la notas cada vez más dura. Abres Gay Male Tube. La cantidad de oferta pornográfica es abrumadora, buscas por encima y abres un vídeo de la categoría gangbang. Hay cinco tíos desnudos pajeándose en semicírculo. En medio de ellos, el que será objeto del ultraje –desnudo también-, se prepara apoyando sus palmas abiertas en la pared y empinando el culo en dirección de la manada que bufa, esperando su turno para follarse al pasivo. No hay prolegómenos. El primer machirulo (son maricas, sí, pero en la ficción machitos) embiste el culo del hombre/objeto con fuerza. El pasivo pide más. Le entran entonces dos pollas. Una en la boca, otra en el culo, el resto sigue pajeándose. En medio de la marabunta, aparece otro elemento –vestido-, que va lamiendo los fluidos que salen del culo del pasivo. Lame también las pollas, las que se preparan para correrse y las que ya se han corrido. Las chupa apenas salen del culo, y chupa el culo también, no deja que se derrame una sola gota de semen en el suelo. Es el limpiador.

Quitas la porno. Ahora en vez de pajearte, quieres que te la chupen de verdad. El vídeo lo olvidarás pronto. Solo pensarás una vez en el limpiador de lefas. Y será la próxima vez que vayas al Boyberry y escuches a un empleado contar la historia del guiri que recoge condones usados que encuentra por el suelo y en las papeleras del local. Por lo visto se pone el profiláctico en la boca como si fuera a inflar un globo y con la mano libre, empujaba hacia arriba el contenido hasta su boca, succionando y presionando el receptáculo de látex. Yummy, yummy, dice después de sorber condones como si fueran Calippos. Solo entonces recordarás al limpiador de la gangbang. Ahora sigues cachondo y te vas a la montaña a que te la chupen de verdad.

Subes la cuesta que te lleva al Can Masdeu. Agitado, te sientas en la roca situada en el centro de la arboleda en la colina donde tiene lugar el cancaneo. Desde ahí, ves diminutas figuras entre las hierbas; se hacen cada vez más grandes según van acercándose a donde estás tú. De tanto pasar por los mismo caminos, el circuito a transitar está perfectamente marcado entre la maleza. Desde tu perspectiva, parece una versión humana de Pac-man, el videojuego de la bolita amarilla. Unos persiguen a los otros, para comérselos. Te gusta sentarte en esa roca de difícil acceso para los hombres mayores y los tíos gordos, en general. Hay que estar algo en forma para llegar a tu atalaya. Bendices ese filtro geográfico natural, que te evitará lidiar con quien no te pone. Desde ahí, controlas. Los reconoces casi a todos. Con algunos has follado, con otros te has pajeado, a muchos los has evitado. Has hecho de todo aquí, menos el amor. Nadie viene buscando amor a una montaña perdida.

¿Ese que viene es un menor de edad? No. Ahora que se acerca, le echas unos veinte. Te ponen mucho los veinteañeros: carne suave y delicada, cuasi virginal. Te aburre pensar en tener una relación seria con un chico tan joven, pero para follar son ideales porque –la mayoría-, son cuerpos incorruptos. Los únicos poseedores de la turgencia, guardianes del elixir. El resto de hombres, tú incluido, son la imagen de la decadencia que inicia a partir de los treinta. Un manojo de almas pobres y necesitadas, camino de la muerte. Hombres tristes, desesperados y solos. Vampiros de montaña.

Empiezas a sobarte el paquete, mirando al chico, para anunciar disponibilidad. Mientras te tocas, reparas en tus uñas que aún llevan esmalte. Desde que tu hija te las pintó la semana pasada –muy mal por cierto-, las llevas así: color rosa rasgado. Rasgado el color de morderte las puntas de los dedos cuando la ansiedad te ataca. Tu hija, siete años, la ves poco. Mejor. Te hizo prometer no quitarte el esmalte y aceptaste. Ahora que miras los restos de pintura barata en tus uñas te parece divertido… ser un poco queer. Pobre de ti, porque enseguida temes que el chico pase de largo al ver tus uñas mal pintadas. ¡Qué coño! Aquí nadie mira las uñas. Se mira directo a los paquetes y a los culos de los tíos.

Hola, dices con voz grave y sensual. El chico pasa de ti y de tu puta cara. Parece que va flotando entre los arbustos y las piedras, sin esfuerzo. En pocos segundos lo pierdes de vista, porque se interna en esa zona a la tú no llegas. Ahí donde los árboles tienen troncos más gruesos y el follaje es más tupido. Más allá de tu atalaya, a donde se llega pronto si eres joven y ágil. Podías haber saludado, niñato, dices en voz alta.

 

-Ese chaval no habla con nadie, -dice uno que te está mirando-. Apenas llega se va directo allá arriba. A fumar hierba. Cuando está colocado, baja aquí y se la chupa a cualquiera.

-¿Te la ha chupado a ti?

-A mí no.

-¿Y cómo lo sabes?

-Porque lo he visto. Es colombiano. Si está fumado, es majo. Si no, pasa de todo.

-Normal, -sueltas como si fuera una granada-. Yo tampoco vengo a socializar, la verdad.

-Socializar no, hombre, pero la educación es la educación.

-¡Qué coñazo!

-¿Es o no?

-A ver, aquí la gente viene a lo que viene. No es obligación ir saludando.

-Pero es mejor hablar.

-¿Hablar de qué? O chupas o te la chupan, ¿qué más quieres? No estamos de tertulia. Esto es una cacería.

-Te digo yo que es mejor hablar. Saber del otro.

-¿Tú hablas con un filete antes de comértelo? No, ¿verdad? Pues eso.

-Aquí nos conocemos todos. Ese de ahí, -señala hacia la parte baja de la colina- viene cada tarde y nunca folla. Se la pasa recogiendo espárragos. Y ese otro, solo es mirón. Aprovecha que viene a visitar a su cuñado a la residencia de ahí enfrente, y luego se pasa por aquí, a echar la tarde.

-Como tú, ¿no?, que vienes a echar la tarde.

-Yo, si puedo, chupo. Me gusta mamar.

-Muy bien, -ya estás harto-, venga hasta luego.

-Te vas, ¿no? Ten cuidado allá atrás. Hay uno que no habla. Solo se baja los pantalones cuando ve que viene alguien. Y si lo tocas te echa la bronca.

-Muy bien, gracias.

 

¡Uf, qué pesado el viejo! Aceleras el paso, por si te está siguiendo. Te giras para comprobar. No, no viene. Ese es de los que no suben porque la barriga se los impide. Tienes todo el camino despejado por delante, ni un alma. Y te aventuras por primera vez hacia donde crees que estará el chico fumando mariguana, según te informó la cronista de la montaña. Aquí arriba respiras mejor, estás en la naturaleza al fin y al cabo. Ruidos de hojas. Te detienes. Eres tú, cuando las pisas. Vale, sigues andando. Volteas hacia atrás, no viene nadie. Y aunque es verano y el sol se pone más tarde, te estás adentrando a la zona más oscura de la colina. Se nota la humedad. Te quitas la camiseta. Que te vean moreno, si hubiera alguien mirando.

Unas voces llaman tu atención y las buscas mirando hacia arriba. Son ciclistas, circulando por la carretera que te queda a escasos metros por encima de la cabeza. Mientras más avanzas, te das cuenta de que en realidad no estás subiendo, sino bajando al interior de la montaña; por eso la oscuridad, por eso la humedad. Y ahí está él, a escasos cuatro o cinco metros. Está apoyado en un tronco caído que atraviesa el camino. Parece una estatua mirando hacia el frente, impasible. Él sabe que estás ahí –cerca-, aunque él no te mire. Te acercas un par de metros más. Has de pasar a su lado si quieres avanzar y encontrar al fumeta. Aún no te dirige la mirada, y bajo la sombra de esos árboles enormes, sus nalgas de piel blanca parecen de porcelana. ¿Qué tendrá, cuarenta y tantos? Te acercas aún más. Fácilmente tiene cincuenta. Los pantalones bajados hasta los tobillos, los calzoncillos también. Sus codos apoyados en el tronco, ayudan a que sus manos sujeten su barbilla. Como la estampa de una niña contemplando una fuente encantada. Sientes escalofríos. Seguirías tu camino por encontrarte al niñato colombiano que la chupa, pero también podrías volver sobre tus pasos antes de que se haga de noche. Tu pene se inquieta. ¿Tú qué?, le preguntas en voz baja. No jodas que te gusta ese. Tu pene no habla, ya lo sabes, pero responde con un cabezazo que empuja la tela de tus pantalones. Será esta humedad, será el sudor que chorrea de tu cuello, acariciando tus pezones desnudos, será el sereno; pero te acercas más.

Respiras agitado porque no entiendes el morbo que te produce el cuadro que tienes delante. Te sitúas justo detrás de él, con tu polla despierta a la altura de sus glúteos. Él sigue impasible, mientras tú jadeas. ¿Qué coño está mirando, si enfrente solo hay monte? Acercas lentamente tus manos a su cintura desnuda, el calor que emiten tus dedos choca con su piel fría, lo sujetas con firmeza y restriegas tu entrepierna con su culo. Estás cachondísimo. Te sacas la polla, dura como piedra, y la sujetas por la base para azotar su espalda con tu miembro caliente. Por un momento es el único ruido en toda la montaña. No hablan ni las hojas, ni los pájaros, ni los ciclistas. Solo tu verga apaleando sus nalgas. No llevas condones, solo venías a que te la chuparan. Pero ahí estás, dando pollazos a un hombre inerte que ni siquiera te mira. Frotas tu pene -cada vez más ansioso- con sus glúteos y flagelas ese culo un poco más, rompiendo la barrera del sonido.

 

-¿Quieres que te folle?, -dices jadeando. Y ahora es cuando él te mira.

-Solo estoy aquí descansando, -y vuelve su mirada al infinito.

 

Aún con la boca abierta de la excitación te alejas de él, deshaciendo el camino, mientras te subes los pantalones. Te secas el sudor con la camiseta. Vaya puto loco, dices hiperventilado. Descansando, no me jodas. Uf. Joder. Cuando sales de la zona oscura, hay poca diferencia con la luz que da la tarde. Sigues andando. A la mierda la mamada. A la mierda la paja. Quieres volver a casa. Pasas junto a tu roca favorita y, con la respiración más estable, emprendes el descenso buscando otra vez el pavimento que te trajo hasta aquí. La luz de tu móvil se enciende, una notificación de Infojobs: te han descartado de otra oferta. Atraviesas el último tramo de maleza, y el ruido de una moto te para en seco. Parece estar junto a ti, aunque no la ves. Entonces te deslumbran los faros. ¿A dónde va este tío con la moto? Va justo al sitio que tú estás abandonando.

Te cubres la cara y te escondes un poco, más por inercia que por estrategia. Sabes que te ha visto; así que esperas un poco, para comprobar si el material merece le pena como para quedarte. Deja el casco bajo el asiento y se acerca. ¡Oh, gloria! Es un puto dios, en medio de tanta miseria. Bueno, vale, un semidiós. Alto, fuerte, veintisiete. Te dice que viene del gimnasio, que está muy salido y su novio no estaba de humor para follar. Así que vino aquí. Quiere rabo. Ya te lo está sacando de los pantalones. Tú no atinas a decir nada. Tu puta suerte, tu premio.

 

-Mi premio, –susurras mientras acaricias la cabeza del cuerpo que está de rodillas mimándote.

-¿Qué?

-Nada, nada. Sigue con lo que estás haciendo.

 

Él chupa con devoción, hasta que se levanta y se pone a tu altura. Vamos ahí, te señala unos matojos que ya habías dejado atrás cuando huías del muerto viviente que estaba descansando. Dudas un segundo, ya es de noche. Pero hay buena luna, generosa. Vamos, dices. Y lo dejas pasar al frente, que vaya adelante. Le coges el culo, duro como solo puede tenerlo un semidiós, una escultura griega recién salida del gimnasio. Aprietas sus nalgas. Mmmm, te dice, sacando la lengua. Estando los dos entre los matorrales, bien ocultos de toda Barcelona, muerdes sus labios y su cuello. Él quiere seguir chupándote la verga y hace el amago de bajar hasta ella. Espera, ordenas mientras intentas detenerlo, quieres más besos. Pero sus brazos son tan fuertes, su cuerpo pesa tanto, que no tienes ningún control. Se aferra otra vez a tu rabo, lo tienes que va a estallar. Entonces te pones machito y le das la vuelta a su cuerpo, bajas el chándal de un solo movimiento, y ahí está: tu premio. Metes la lengua en su culo perfecto. Todo tiene sentido ahora, a la luz de la luna. Todo merece la pena: pesadilla, guiris, viejos, desempleo… Muerdes los pliegues de sus nalgas y lo escuchas gemir. Su manaza atlética empuja tu cabeza hacia dentro de su culo (¡como si pudieras ir más adentro!), tú estás a mil. Podría vivir aquí, le dices. ¿Eh?, responde con los ojos vueltos. Los tatuajes de sus brazos son perfectos, su voz es perfecta. Lo quieres para ti. Quieres que sea tu novio. ¿Cómo ha podido su novio no querer follárselo? Mientras le comes el culo, abrazado a sus caderas, tus manos van a su polla.

 

-¿Te pintas las uñas?, -pregunta gimiendo.

-A veces, –respondes jadeando, y sigues lamiendo-. ¿Te pone?

-¿Tus uñas?

-Ajá…

-Me dan igual.

 

Algo se acerca. Te sobresaltas. Son pasos en la hojarasca, no hay duda. ¿Quién coño viene a joder a estas horas de la noche? ¿El fumeta?, ¿la estatua?, ¿la cronista? Permaneces quieto con la boca abierta. El semidiós se gira, ¿qué pasa?, interroga. Shhhh, adviertes levantando el índice, hay alguien. Los dos se incorporan, la luna está llena y deja ver muy bien aun a oscuras. Pero a simple vista no hay cuerpo que amenace. El fuertote te señala el suelo, a medio metro de ti. Tus ojos se abren de la impresión.

 

-Es un jabalí. No te muevas, -te indica.

-¿Qué hago?

-Nada, esperar. Él tiene más miedo que nosotros.

-¿Pero… ataca?

-No. A ver, si es hembra y tiene crías, puede atacar. Si fuera el caso, con echarles la luz del móvil los espantas. Alumbra siempre directo a su cara.

-¿Lo hago ahora?

-¡No! Te digo yo que este no hace nada. Soy de pueblo y he visto muchos. Déjalo estar.

 

Te sientes estúpido susurrando para no incordiar al jabalí. Pero un poco de respeto sí te provoca. No vaya a haber crías cerca y la madre loca se te lance encima. Te subes los pantalones. El semidiós se contraría.

 

-¿Te vas?, -se sorprende.

-Hombre, un poco sí que me ha cortado el rol rollo el cerdito.

-¡Mira, se va!, -el jabalí se esfuma.

-Ya… yo también.

-Como quieras. ¿Hay alguien arriba?

-Un tío raro que da mal rollo.

-¿Raro cómo?

-No habla, no dice nada. Solo está ahí con los pantalones bajados.

-Ah, es pasivo…

-No sé lo que es. Pero muy activo, no.

-Entonces, nada. Me voy también.

 

Y salen juntos del monte. Cuanta más luz le da en el cuerpo, más lamentas no ser el que comparte su cama. Te gusta todo: el cupcake tatuado en su hombro, cómo agarra el casco de la moto, su acento gironès. Tu premio se monta en la moto. Se despide con un movimiento de cabeza. Brummm brummm. Se aleja. Te giras hacia el monte y, de entre la maleza, se yergue un demonio de dos patas. Los ojos rojos de candela y sus colmillos de plata. No corras, no te hace falta, te seguirá hasta la cama.

Mientras duermes, en lo alto de una colina del Can Masdeu, se celebra una asamblea. Una familia discute. Tú no escuchas, porque no estás ahí. Pero de lejos, se sabe que se están tomando decisiones. Jabalí, Jabato y Jabalina esperan que la noche sea más intensa para bajar a las faldas de la montaña a buscar alimento. Lo mismo dará una bellota -o un ratón-, que los restos de comida que a veces deja una señora solidaria. Jabato está resguardado detrás de sus progenitores, con la mirada perdida. Jabalina está alerta, vigilando que no haya hombres merodeando en los arbustos.

 

Jabalina: Parece que se han ido… ¿no se cansan de fornicar?

Jabalí: Los maricones no se cansan nunca de follar.

Jabalina: ¡Shhhh! ¡Está Jabato delante!

Jabalí: ¿Por eso dices fornicar en vez de follar? ¡Venga ya!

Jabalina: ¡Eres un cerdo irresponsable!

Jabalí: ¡Si no se entera de nada!

Jabalina: ¡Se entera de todo! Lo ves distraído, pero nos escucha.

Jabalí: Parece que no estuviera aquí… míralo.

Jabalina: Esos… señores… lo cegaron con sus linternas la otra noche.

Jabalí: Ya… yo estaba con él bajando la montaña cuando nos encontramos con ellos.

Jabalina: ¿Y qué me quieres decir con el tonito de ese guarrido?

Jabalí: Que yo también recibí el fogonazo de las linternas y no sigo con la mirada perdida.

Jabalina: Tú estás viejo. Yo también. A ti y a mí nos toca callar. ¡Pero Jabato es un crío! Aún no supera lo que vio…

Jabalí: ¡Vamos a dejarlo!

Jabalina: ¿Cómo lo voy a dejar? ¡Me duele hasta la punta de las venas! ¡Eran cinco! Cinco hombres desnudos comiéndose entre ellos. Se chupaban y lamían por donde nosotros cagamos, ¡y arrojaban sus plásticos en medio del campo!

Jabalí: ¡El campo ya estaba lleno de mierda antes de que llegaran ellos!

Jabalina: ¿Los estás defendiendo ahora? No aguanto más, ¡haz algo!

Jabalí: ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué los mate?

Jabalina: …Precisamente.

 

Dando por terminada la asamblea, -y sin ningún cruiser a la vista-, la familia Senglar desciende la colina y se pierde entre la maleza. Tú no los ves ahora, porque estás durmiendo, pero los verás.

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