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Un día de mierda

Era lunes, y yo había tenido un día de mierda. Y me gustaría subrayar “día de mierda” porque posiblemente sería el peor día de mierda de todos mis días de mierda. Era uno de esos días en que llegas a casa y lloras en la ducha y sientes que el agua resbala por tus hombros y baja a toda velocidad por las cañerías. Como llevándose toda tu rabia. Como si esa agua fuesen pequeños abrazos que nos calman de golpe. Esos días que ni el helado de vainilla con nueces de macadamia puede arreglar.

Pero salí del trabajo y animado por la brisa que hay en verano en las últimas horas del día decidí pasear hasta casa.

Por aquel entonces yo vivía en Malasaña. Apenas llevaba un mes en la ciudad y ya era todo un moderno. He pasado por Gran Vía sintiéndome una hormiguita más entre esta marea de personas que ya no miran a los ojos. Que al igual que yo, vuelven a casa cansadas de todo. Gente con ganas de viernes, con cansancio aún de Sábado.

De repente, entre toda esa gente te he visto a ti mirándome fijamente como si hubieses leído en mi frente en letra grande y luminosa “estoy harto de todo”.

Y hemos mantenido la mirada durante cinco segundos, pero al sexto yo la he quitado porque siempre fui muy tímido.

Sin embargo, he seguido caminando y he vuelto la cabeza y he visto como tú también te volvías. Qué morbo.

Qué morbo que pase todo esto entre tanta gente. Y de repente, esto me ha parecido lo más interesante de mi día de mierda.

En otra ocasión hubiera seguido caminando, pensando en mis cosas, en mi enfado, en mi día de mierda. Pero ahora, todo me daba tan igual que me paré en seco, mirándote. Entre la gente, a lo lejos, estabas tú también parado, entre golpes y bolsas de compras, entre humo y vallas publicitarias. Parecíamos sacados de una película de Isabel Coixet. Y entonces veo que te estás acercando a mi (a cámara lenta evidentemente) y me dices:

-Hola, soy Pablo.

-Hola, soy Fran. Encantado.

Y te juro que en ese mismo instante y delante de todo el mundo te hubiera besado en la boca, como quien besa por primera vez. Pero te di dos correctos besos, uno en cada mejilla.

En ese mismo asfalto te hubiera tumbado y te hubiera lamido cada rincón de tu cuerpo. Pablo era de esas personas que, sin ser guapos, era increíblemente morboso. Esa gente que tiene en sus ojos un enigma que te atrapa. A mí me atraparon sus ojos, pero me atrapó ver sus pantalones vaqueros ajustados. Yo no respondo cuando veo a un hombre en vaqueros apretados. Algún animal se despierta dentro de mí y un hambre de carne me posee todo el cuerpo. Había Luna llena.

 

Me preguntaste que donde iba tan serio, y yo te dije que volvía a casa. No habías terminado de preguntarme si quería tomar algo cuando yo ya te estaba diciendo que sí. Fuiste un verdadero oasis en aquel seco verano.

Te conté que apenas llevaba un mes en Madrid y que no conocía la zona. Y callejeando me llevaste a un bar que, hacia esquina, “Boyberry”. Yo había pasado mil veces por esa esquina y había mirado con curiosidad aquellos carteles con chicos guapos con poca ropa. Eras arquitecto, tenías 39 años y estabas unos días en Madrid, por trabajo.

 

Nos sentamos en unos banquetes altos y tú con pantalón ajustado y tus piernas abiertas me obligaste a no poder parar de mirar aquello que escondías debajo de tu pantalón. Hemos hablado de nosotros, y ahora estamos cada vez más cerca el uno del otro. Has ido al baño y he podido mirarte de nuevo, no sé si me gustas más por delante o por detrás. Has vuelto con otras dos copas y me has cogido por el cuello y nos hemos besado. Y yo he tenido una erección instantánea al ver cómo has tocado mi cara con tus manos. Tienes las manos grandes. Te juro que aquella ginebra  me hizo olvidarme de todo lo que había pasado las horas anteriores.

Te has quedado ahí, cerca de mi oído, y me has dicho susurrándome “vente, vamos a ver la parte de abajo”.  Ambos nos levantamos como disimulando lo que era evidente, lo que todo el bar había notado, estábamos empalmados. Yo no dudé ni un segundo, me hubiera ido contigo al fin del mundo.

Hemos bajado y hemos pasado por las zonas oscuras entre chicos que nos miran, y me has cogido la mano.

Yo no había estado nunca en un bar así y sinceramente me sentí mucho más tranquilo cuando pude sentir tu mano con la mía.

Hemos encontrado una pequeña cabina y hemos cerrado la puerta. Entonces hemos empezado a besarnos como solo dos personas que se desean pueden besarse. Y ahora toda la ropa nos sobra. Te he desabotonado tu camisa, mientras te besaba el cuello y te sobaba la entrepierna. Aquello ahora, es aún más grande. Hambrientos nos hemos comido entre esas paredes cada centímetro de nuestras pieles. No he podido aguantar más y he pasado mis labios por tus calzoncillos blancos, y ahora noto como cada vez es más y más grande. He notado incluso en mis labios a través de la tela cómo estás chorreando y eso me ha encendido mucho más. El incendio ha comenzado, nuestros cuerpos están en llamas. Te la he sacado y me la he metido en la boca, sin pensar si podría caber entera, y ahora estas follándome la garganta sin piedad. Era grande, enorme y tan bonita que te juro que te la hubiera arrancado de un bocado y me la hubiera llevado a casa. Y allí, en casa, en mi mesita de noche cada mañana te la hubiera chupado antes de irme a trabajar. Pero ahora estábamos allí derramándonos el uno en el otro y era un verdadero placer verte como te retorcías de placer en aquel pequeño lugar. Me gustaba como con tus manos no parabas de acariciarme con una mezcla de dominación y cariño que me tenía a punto de eyacular.

He abierto un poco la puerta y ahora un chico nos está mirando desde fuera mientras se toca. Tú te has puesto aún más cerdo. No sé cuánto tardaremos en corrernos. La Luna llena corría ya por nuestras venas. A toda prisa.

Ahora he acelerado mi manera de chupártela, un poco más rápido, hasta el fondo, incluso he tenido que toser, pero me encanta. Quiero que te corras. Quiero sentir tu lefa bajando por mi garganta. Quiero saborearte. Quiero beber de ti, hasta que caigas exhausto. Un grito de placer ha retumbado en todo el local y yo estoy ya sintiendo tu semen en mi lengua, amargo elixir, lo estoy notando bajar por mi esófago, lo siento como la lava de un volcán por mis labios, y siento todo esto mientras estoy corriéndome, gritando como gritan los lobos a medianoche. Y entonces, nos hemos quedado en silencio.

Me has abrazo y me has dicho “que bien la chupas cabrón”.

Entre risas nos hemos limpiado y nos hemos vuelto a vestir como si nada hubiera pasado.

Ahora estamos ya en la puerta y vamos a despedirnos.

-Ha sido un placer conocerte Fran.

-Igualmente.

No dijimos nada más, nos dimos un abrazo y te vi irte a los lejos como cuando el héroe del western desparece en el horizonte, te vi irte lentamente, poco a poco, como haciéndote borroso entre la muchedumbre.

No hizo falta decir nada más, ni intercambiar teléfonos, ni esperar llamadas.

Aquello que pasó allí fue tan bonito que lo mejor era dejarlo allí, entre aquellas cuatro paredes. He pensado mucho en aquella tarde, en nuestros cuerpos sudando, encendidos y atrapados por el morbo que tiene follar con un desconocido. Hoy es Lunes, he tenido un día de mierda y al volver a casa he mirado la Luna y estaba más llena que nunca y sin quererlo te he buscado entre la gente

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