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La fuerza del destino

Un lunes más. Con el centro de Madrid bullicioso e insufrible, decidí acercarme hasta BoyBerry, ese lugar que nunca falla y en el que desconectar de la rutina.

­­Dentro el ambiente era cómodo, no agobiante ni multitudinario. Eso es algo que me encanta y agradezco sobre todo entre semana. Como de costumbre, pasé por la barra para comenzar a disfrutar de este acogedor, morboso y céntrico espacio madrileño.

–Hoy vienes para comerte, ¿eh? –le dije al camarero tras pasar por el guardarropa y pedir mi tradicional cervecita–.

–Bueno, tú tampoco te quedas atrás, joder, pegadito como a mí me gusta –respondiendo con una sonrisa pícara en la cara, algo que es marca de la casa–. ¡Venga esa caña aquí para mi treintañero preferido!

Se había fijado en mi indumentaria, que era bastante informal: zapatillas de tipo ‘Convers’, pantalón vaquero ceñido rasgado por la parte frontal y una camiseta ajustada de manga corta. En la mano, una chaqueta vaquera por si la necesitaba al salir del local. Esta fue la prenda que deposité en el guardarropa junto a otras pertenencias.

Mirando a mi alrededor me senté en una de las butacas, al lado de un ventanal. El frenético ritmo de la calle chocaba irremediablemente con el sosiego y buen rollo que se respiraba entre esas cuatro paredes. ‘Para ser domingo no está mal la cosa’ -pensé para mis adentros-. Cada trago me servía para inspeccionar ocularmente al personal, que mejoraba por momentos. Algunas miradas se entrecruzaron, otras se adentraron en la zona más oscura, junto al guardarropa, y otras preferían pasar al baño de la planta alta.

Decidí no permanecer en la butaca como un pasmarote por más tiempo. Me levanté y me encaminé hacia la parte de la izquierda, la más sombría de la planta, donde se ubican los famosos ‘gloryholes’. Pero una llamada a mi teléfono me alertó.

–¿Tío, por dónde andas?–.

Era Álex, uno de mis mejores amigos, organizando una cenita de parejas por el centro como hacemos de vez en cuando. Pero, en esta ocasión, con un matiz especial:

–No sé si te acuerdas que hoy es mi primer aniversario de noviazgo con Marina y quiero que lo celebremos los cuatro con una cenita por Callao. ¿Qué te parece? ¿Está Javi currando o ha salido ya?–.

Un poco incómodo por el lugar donde me encontraba, le respondí:

–A ver, tío, estoy tomándome una cerveza con un colega, hablo con Javi ahora y te llamo en un rato, ¿vale?–.

Y colgué. No quería perder más tiempo, y más con la presión de esa comida posterior.

Birra en mano, crucé hacia el morbo. Hacia la perdición. Junto a los preciados agujeros se hallaba una marabunta de curiosos, de mirones y tíos normales discretos deseando probar las bocas anónimas escondidas tras estos artilugios. Y yo no iba a ser menos. Acerqué mi desabrochada bragueta a uno de los agujeros con la esperanza de que mi herramienta del placer, de un tamaño aceptable por cierto, recibiera visita.

Y así fue. Una húmeda y agradable sensación envolvió mi erecto miembro, generándome un gusto inexplicablemente adictivo. Cerré los ojos y empecé a disfrutar. Mientras, varios curiosos se acercaban para presenciar de primera mano la gustosa escena.

–¿La chupa bien o qué? ­–me preguntó un chaval joven y aparentemente inexperto, pajeándose a la vez que me la chupaban entera desde dentro del cubículo–. Parece que te está gustando y, no sé…

Tras mirarlo de arriba abajo, y ante su manifiesta timidez, le repliqué de forma cercana:

–Joder, ya lo creo. Prueba y verás, te va a encantar campeón –cediéndole de esta manera mi sitio–.

Dejándolo gozar, me fui separando de la escena buscando un cotizado agujero libre. La curiosidad por saber quién se escondía tras esa succionadora boca estaba siendo superior a mis fuerzas. Me agaché en un orificio cercano y observé atentamente.

Era veinteañero, a juzgar por mis primitivos cálculos, con un empeño brutal en satisfacer los voluminosos falos que se le iban acercando -cada uno de su padre y de su madre, eso sí-, ya que fueron varios los interesados además del susodicho anterior. De rodillas, no cesaba en su labor. Pero algo desvió su atención.

–¡Shh!, ¿me oyes? –le susurré varias veces–.

Ante tal insistencia, giró la cabeza hacia donde me encontraba. Con un sutil gesto con el dedo, le indiqué que se acercase hasta mí.

–¿Qué quieres? No me interrumpas, porfa.

–Hombre, te iba a proponer irnos a una cabina privada, pero si tan terrible es que te haya cortado… pues me voy, sigue mamando anda.

–No, no, espera –me contestó al momento–. Que sí, que voy contigo, que me encanta tu rabo.

Esperé a que saliese del cubículo. Unos pocos segundos bastaron. Despeinado y abrochándose la bragueta me saludó ya cara a cara. Ante mí, un chaval alto -calculo en torno al metro con noventa centímetros-, no muy moreno de piel, con buena melena rizada, tendencia ‘emo’ y fibrado de gimnasio según la ceñida camiseta en la que se advertían unos excelentes bíceps y un pectoral bien trabajado.

–¿Qué tal, tío? Perdona las pintas pero ya sabes, ahí dentro empiezas mamando y acabas de cualquier forma –comenzó a hablarme entre risas–.

–Bueno, no te preocupes, si lo has disfrutado eso que te llevas –le dije mientras caminábamos hacia las cabinas situadas muy cerca de los ‘glorys’, en la primera planta y junto al baño–. Espérame dentro de esta, que voy a por condones a la barra, ¿vale?

Deambulé por el baño contiguo sin detenerme hasta llegar a mi objetivo. Allí estaba mi camarero favorito, que me atendió con la misma sonrisa que a la llegada.

–¿Qué te pongo, campeón?

–Un condón, que hoy es mi día de suerte –le referí, con cierta prisa–.

Se rodeó para alcanzar el cuenco donde se encuentran depositados los profilácticos y, con una sonrisa a la vuelta, me dijo:

–Toma, un par de ellos, que nunca se sabe –sentenció guiñándome el ojo–.

Recogí esa especie de indirecta, que me paralizó durante unos segundos, y volví a la cabina. No quería hacer esperar al chavalote.

–Ya estoy aquí –le dije, cerrando la puerta con el pestillo–.

Me esperaba con la camiseta quitada, haciendo valer su tonificado pectoral, y acariciando su paquete por encima del prieto pantalón gris de chándal que lucía.

–Tengo ganas de disfrutar de tu nabo. Lo sabes, ¿verdad?

–Pues tómalo, tuyo es –le contesté, bajándome la bragueta y sacando mi miembro, en estado de semiflacidez–.

No tardó mucho en ponerse de rodillas. Igual que antes de forma comunitaria, rodeado de rabos en aquel habitáculo, pero ahora en solitario. Únicamente para mí en ese glorioso rato.

Permanecí en pie mientras su húmeda boca comenzaba a envolver, poco a poco, mi cada vez más duro cipote. Ayudándose con una mano -en forma de paja- fue moldeando la felación, que se volvía intensa por momentos. Desde los huevos hasta la punta del glande. Nada quedó libre. Tragaba mi carajo sin cesar, una y otra vez, repitiendo el movimiento mientras yo me estimulaba los pezones.

Momento de cambiar de postura. Ahora, yo me sentaba en el butacón y él seguía arrodillado. Quería gozar plenamente sin cansarme, ya que en unos minutos tendría que dar lo mejor de mí.

Agarrándolo suavemente de la cabeza fui guiando su mamada, para que no perdiera ese magnífico ritmo que me había provocado una dureza en el rabo insólita en las últimas semanas. Jugaba con un capullo que, a falta de prepucio, necesitaba toda la atención y delicadeza posibles. Y él lo sabía como buen experto en la materia.

A la vez que remataba la faena oral, alcancé el condón y empecé a abrir el envoltorio despacio, para no despistarlo. Pero enseguida sus ojos se clavaron en esta acción, por lo que me limité a sacar el profiláctico y dejarlo sobre el embalaje -de momento- en un saliente de la cabina.

–¿Me vas a comer el ojete o qué, tío? Porque veo que estás más pendiente del puto condón que de dilatarme el culo, ¿eh? –me replicó en ese momento, algo alterado–.

–Sí, sí, a eso iba hombre –respondí con prisa–. Rodéate y empiezo a comértelo, anda.

Respetando mi postura, se levantó velozmente y colocó su culo a centímetros de mi cara. Abriendo sus nalgas descubrí un ojal depilado por completo, muy apetecible. Empecé a usar mi lengua en círculos ante los gemidos del chaval, que comenzaba a disfrutar de mi trabajo bucal.

–Métemela ya, tío, estoy muy cachondo –me suplicó con una voz susurrante–.

Sus deseos eran órdenes. Yo también lo deseaba, y mi rabo igual ya que mantuvo la erección gracias a la excitación del momento. Por ello, extendí la mano hasta la goma, desenrollándola y siendo colocada por completo. Enseguida, clavó su ojete sobre mi falo sin esfuerzo y comenzó a cabalgarlo.

–Ya no podía más, tío –pronunció, aliviado, mientras gemía sin cesar–. Qué ganas tenía de sentirte dentro.

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando empecé a agarrarlo por la melena, ejerciendo mi poder sobre él. Tiraba hacia mí mientras las embestidas aumentaban de intensidad, al igual que sus morbosos sollozos. El sudor se apoderaba de la tórrida escena, y nuestros movimientos se intercalaban con los del resto de ocupantes de las demás cabinas.

Y, de repente, el teléfono empezó a sonar y vibrar. Era mi colega de nuevo.

–¿Sí? –respondí escuetamente–. Dime, tío.

–Oye, ¿quedamos en media hora en tu casa? Y así nos vamos direct…

Sin que acabase de pronunciar la frase, espeté:

–Vale, vale, que sí, ahora nos vemos, te llamo en quince minutos que me pillas ocupado –respondí, colgando el teléfono a continuación–.

Y rematé. La eyaculación fue instantánea y potente, notándolo él incluso con el condón puesto. Inmediatamente vino su corrida -espesa, agitada y acompañada por un gran orgasmo-, yaciendo en la pared y suelo de la cabina. Quedamos exhaustos durante unos segundos, inmóviles.

–Joder tío, qué oportuno mi colega… –argumenté mientras recuperaba la voz–.

–Nada, si de todas maneras me quedaba poco, y por lo visto a ti también –respondió con una sonrisa circunstancial–.

–Pues voy a vestirme rápido para que este no sospeche, que tengo que coger el Metro y todo, tío. Un placer conocerte, nos veremos seguro otro día, ¿eh? Me gusta venir por aquí discretamente cuando puedo y me dejan en casa, ya me entiendes –comenté, aludiendo a mi situación sentimental–.

–Yo también soy asiduo de este bar, me lo paso genial como ahora contigo. Cuídate mucho tío –dijo mientras nos fundimos en un breve abrazo–. ¡Hasta la próxima!

Salí de la cabina y me dirigí a toda velocidad hacia el guardarropa, donde mi camarero predilecto se encontraba atendiendo a otros clientes.

–¿Ya te vas o qué? –preguntó al ver mi prisa–.

–Sí, porque me está esperando un colega en casa para cenar con su novia y mi pareja, y como llegue tarde empieza a preguntar. Así que adiós, guapísimo, ¡a ver si me da tiempo!–.

De nuevo, el teléfono sonó. Un tanto estresado y mosqueado, contesté:

–Tardo un poco, tío, voy a entrar en la ducha. Cuando me estemos listos te aviso –le dije a la vez que abría apresuradamente la puerta de salida del local–.

–No te preocupes, vamos a tener que quedar otro día porque me ha surgido un imprevisto, ¿sabes? –me respondió con voz agitada–.

En ese instante, justo cuando me disponía a salir del bar, mi amigo cruzaba cabizbajo hacia la acera donde se encuentra BoyBerry. Cerré inmediatamente y entré de nuevo al recinto. Se me descompuso el cuerpo.

–¿Pero tú no te ibas? –me reprendió el camarero, sorprendido, desde el otro lado de la barra–.

Pero yo no podía contestarle. Reaccioné colocándome con rapidez tras la cortina que da acceso a la zona de ‘gloryholes’, cual niño que se esconde tras sus manos inútilmente para evadir un destino inevitable.

Tras unos angustiosos segundos, y como era de esperar, la puerta se abrió.

No había vuelta atrás. La suerte estaba echada.

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