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Dos lefazos y un squirt

Ya era casi la hora en que habíamos quedado. “A lo mejor se retrasa” pensé. No sería la primera vez que me plantan, por suerte escogí un bar donde tomar algo. Por suerte a lo lejos ya pude empezar a ver la gorra que me dijo por el chat que llevaría.

-¿Miguel?- me preguntó.

-Sí, encantado de conocerte al fin, José.

Una vez hechas las presentaciones, la conversación fluía como en las últimas semanas. Hablamos de la vida del otro, los trabajos, los ligues, la app y como buenos maricones llegó la hora de hablar de sexo. Sin duda el chico era súper lascivo, no tenía ningún problema en contarme con pelos y señales sus batallitas y al estar tan cómodo, poco a poco me iba soltando yo.

La cerveza se nos estaba subiendo a la cabeza y es normal, en pleno verano la cerveza fría entraba como agua.

Poco a poco nos íbamos calentando, rozando… Él estaba increíble: robusto, bajo, peludos como a mí me gustan, musculoso, encima llevaba esa ropa deportiva por la cual juraría o deseaba que llevase suspensores… Estaba casi babeando por él.

De pronto me dijo de ir a un sitio más íntimo y sólo cogí su mano para que me guiara, estaba absorto en su mirada pícara y su barba recortada.

Entramos al sitio en cuestión que se llamaba Boyberry, era mi primera vez allí así que estaba un poco intimidado.

Fuimos a una cabina tras pedir otras cervezas en el bar y allí pudimos relajarnos como Dios manda.

Nos abrazamos con fuerza y empezamos a comernos la boca. Me estaba poniendo super duro con sólo ver cómo tiraba de mí hacia él. Empecé a morder su cuello a lo cual el respondió con un gemido y arañándome la espalda. Estaba demasiado caliente. Al instante nos quitamos las camisetas y empecé a morder sus pezones mientras él hurgaba en mis pantalones. No le costó mucho trabajo ya que mi polla sólo quería salir. Sus gemidos me estaban calentando demasiado así que no fue sorprendente cuando empezó a mamármela que yo mismo gimiera. Menuda boca tenía. Su lengua registraba cada rincón de mi rabo y sólo tragaba más y más entre esas barbas que me excitaban aún más.

Le dije de hacer una pausa porque si seguía así me iba a correr sin remedio, a lo que él siguió metiendo la garganta hasta el fondo y haciendo que soltara mi descarga en ella.

Lo mejor fue ver cómo, aún después de esto, él sólo se relamía de gusto, haciendo que se me pusiera dura de nuevo.

Le levanté y puse contra la pared de la cabina para quitarle los pantalones y… Bingo. Llevaba suspensores. Su culo estaba algo sudado, pero limpio. Era el culo más delicioso que me comía. Tan velludo, redondo y hermoso… sus gemidos eran increíbles, sólo de oírlos me salía de mí mismo y podría haberme corrido así.

No debió pasar ni 15 minutos que me dijo que por favor le follara, a lo que le dije que aún no, que me faltaba algo por hacer. Le di la vuelta, bajé sus suspensores y antes de que él pudiera impedírselo, le empecé a comer el coño a fondo.

No era mi primera vez con un coño, aunque me declaro abiertamente gay, en el pasado tuve mis movidas con mujeres no por gusto, así que ver a este pibón de macho torcer las piernas mientras mi lengua le penetraba me estaba poniendo malo. Siempre me he considerado dominante y complaciente y verle castañear hasta los dientes cuando los míos rozaban su clítoris era algo que me hacía crecerme en mi orgullo.

Me puse cara a cara con él. Estaba sudando y resoplando, se notaba que le había gustado, así que volví a meter mi lengua en su boca y me lo empecé a follar así tal cual.

Las paredes de la cabina temblaban mientras José se intentaba agarrar como podía a mi o a la estructura.

-¿Te está gustando?- le pregunté sin detenerme, a lo que él me contestó mordiendo mi hombro mientras sus piernas se tambaleaban. eso me encendió lo suficiente como para ir más fuerte y rápido.

-¡Sí sigues así me voy a correr Miguel!-.

-¡Adelante que lo vea!- a lo cual le respondí sacándola entera y volviéndola a meter.

Ya casi estaba, sólo éramos dos cuerpos peludos y sudados a punto de estallar.

-¡No puedo más! ¡Me corro!- dijo al tiempo que sus ojos se ponían en blanco y su coño me apretaba la polla. Era el estímulo que me faltaba para inundarle de mi leche.

Nos apoyamos el uno en el otro mientras solo intentábamos recuperar el aliento. Volvimos a besarnos con fuerza y pasión y una vez limpios y listos, cogidos de la mano, salimos a celebrarlo.

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