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Cuando conocí a Rubén

Cuando conocí a Rubén

 

Iba a una convección de coches teledirigidos. Bueno, todos tenemos nuestros entretenimientos, yo tenía el mío, hacía pieza a pieza coches teledirigidos y coleccionaba otros que tenían alguna característica especial, que eran copia de algún vehiculo que hubiera salido en el cine o de algún coche de lujo. Como decía, me iba a ir un fin de semana a Barcelona a una convección que había en la Ciudad Condal. Además, éramos un grupillo y ya había formado alguna amistad, aunque prácticamente solo hablábamos de coches, de piezas… de las típicas conversaciones que tienes con las personas con las que compartes alguna afición, nada del otro mundo. Aún así, estaba contento de hacerme un viaje a Barcelona, era una ciudad que me encantaba y siempre me lo pasada genial allí y conocía a gente muy interesante.

 

El sábado por la mañana llegué al lugar donde íbamos a realizar la convección, era una zona de descampado, donde habían organizado un circuito para hacer carreras y donde ya se agolpaba mucha gente con los maleteros de sus automóviles abiertos enseñando a los allí presentes sus nuevas adquisiciones. Pero antes de todo esto, paso algo que os tengo que contar. Me escribió por Mensaje Directo en Twiter un chico, se llamaba Rubén. Me saludó, lo primero, y después me dijo que nos veríamos en Barcelona. Le pregunté, obviamente, que quién era, pues no le conocía de nada, nunca había intercambiado una palabra con él, ni siquiera interactiva. Me dijo que había visto que iba a  ir a Barcelona, y que llevaba tiempo siguiendo mi cuenta, donde subía mis construcciones y compartía mis nuevas adquisiciones. Dejé la borderia típica del que habla por primera vez con un desconocido por Internet, sobre todo porque en mi cuenta de coches estoy habituado a las personas que alucinan, e incluso insultan, por tener una afición como esa, que por cierto, no hace daño a nadie, y continuamos hablando. Finalmente, le dije que cuando le viera el sábado en la convección, le saludaría. Me pareció muy agradable y muy guapo, aunque no quería hacerme ilusiones.

 

Y así hice el sábado cuanto llegué al lugar. Observé que Rubén estaba alrededor de un maletero escuchando atentamente las cosas que le decía el dueño de aquel coche, que le estaba mostrando su colección. Cuando me miró le saludé y me hizo un gesto de saludo con la mano, pero nada más, algo que me resultó extraño, dado el interés previo que había parecido mostrar en mí. Pero no le di mayor importancia y me puse a lo mío, a hablar con mis seguidores, a compartir con mis amigos, a participar en las competiciones y exhibiciones que teníamos aquella mañana. A la hora de comer habían organizado una comida de confraternización a la que me había apuntado. Justo cuando entré en el restaurante vi una mesa enorme y me senté en un sitio que parecía vacío, aunque al lado mío ya se había sentado alguien. Curiosamente era Rubén. -Hola Xavier, ¿qué tal?, -me dijo-, y empezamos a hablar. Parecía interesado en quedar por la noche, a tomar una copa y quizás echarnos unos bailes, lejos de todo este mundo de los motores, aunque estaba claro que íbamos a hablar de coches, porque si no, ¿de qué? Así que le tomé la palabra, pues parecía un chaval simpático. Me dijo de quedar a las 11 de la noche en el metro de Urgel. Acepté encantado, aunque interrogado, pues no sabía si Rubén era consciente de que eso estaba en el Gayxample.

 

Y allí estaba, en el metro Urgel, a las 11 de la noche. Después de esperar un rato, pues tengo la manía de llegar pronto a todos los lugares y todos los encuentros, apareció Rubén, iba guapísimo con una camisa y bien peinado. Nos saludamos y nos encaminamos a buscar un sitio donde tomar algo. Cogimos la calle Diputació y nos metimos en uno que vimos que tenía buena pinta. Él se pidió un gin tonic, yo un ron cola y empezamos a charlar sobre todo un poco. Terminada la copa, me disculpé y le dije que tenía que ir al baño –mi metabolismo rápido me impedía aguantar mis necesidades-. De camino al baño, de hecho, al lado de los mismos, me topé con una zona de sexo. Aluciné, pues parecía un bar “normal”, para tomar una copa y ya está, vamos. No pude resistirme y al salir del baño me metí, a cotillear. Pero allí no había nadie. Era una zona con cabinas, zonas laberínticas, glory holes y una habitación oscura.

 

Cuando volví a donde Rubén y yo estábamos sentamos, él estaba pidiéndonos otra copa y pagando todo. Le di las gracias y me senté en el taburete de nuevo. Como soy un chico muy transparente, Rubén notó que algo me pasaba y me preguntó. Entonces yo le conté que al ir al baño había descubierto que ese bar tenía una zona de sexo. Pensé que a él le iba a incomodar, pero pareció todo lo contrario. – ¿Y has entrado?, me preguntó y yo le contesté que sí, que había entrado, pero que estaba vació. Se levantó del taburete y animándome con su sonrisa y los brazos abiertos, me incitó a hacer lo mismo que él e ir a ver, de nuevo, la zona de sexo, esta vez con las copas en la mano y su compañía. Una vez dentro, en el cuarto oscuro, Rubén no dudó en poner su mano en mi pantalón, parecía como si tuviera un imán o como si me hubiera observado lo suficiente como para saber perfectamente que arruga de mi pantalón se correspondía con mí pene. Empezó a magrearla mientras me decía que habría que usar aquel lugar vacío para su propósito. Yo me dejé llevar.

 

Me cogió la copa y la dejó en el suelo, un poco apartada de nosotros, junto a la suya, y me estampó literalmente contra la pared del cuarto oscuro. Aquello retumbó demasiado y tuve miedo de que entrase gente a ver qué pasaba allí dentro, pero eso no pasó. Rubén comenzó a besarme, su lengua era grande y me llenaba la boca. Después de deleitarse con mis labios, decidió lamer mi cuello, yo empecé a notar ese cosquilleo, ese calor y no pude evitar empezar a soltar gemidos, aunque apagados, pues no quería que nada, ni nadie, nos cortara el rollo. De pronto, paró. Yo pude ver el bulto gordo que se dibujaba en sus pantalones. Se acercó a mi oído y me dijo que por qué no nos íbamos a otro sitio que conocía él, más animado. Y solo puede decir vale, con la respiración agitada. Me había dejado alterado y cachondo. Muy cachondo.

 

Así que salimos por la puerta de aquel local. Quiso que anduviéramos juntos, mientras el posaba su mano en mí culo y lo apretaba fuertemente. -Te va a gustar el lugar al que vamos, ya verás, no dudó en apuntar. Andamos un rato y me empujó contra la pared de un edificio. Me besó fuertemente, apasionadamente, con su lengua recorriendo mi boca. Mientras con una mano me tocaba muy duro el culo, con la otra me agarraba el paquete en mitad de la calle. Yo me dejaba hacer, me estaba excitando mucho, ya notaba el glande mojado de precum. Pero de nuevo, paró. Me cogió de la mano y me dirigió para que continuásemos caminando. Anduvimos un rato, poco tiempo y llegamos al lugar tan misterioso al que me quería llevar. Resultaba ser el Boyberry. Yo disimule bien, como si no lo conociera. Entramos y era día de solo ropa interior o desnudos. Yo me quedé en calzoncillos, pero el se quedó completamente desnudo… ¡Menuda polla tenía! Me moría de ganas de que estuviera dentro de mí boca y dentro de mi culo.

 

Sabía perfectamente donde estaba. Nos acercamos a los sofás que hay al lado de la escalera que baja a la planta sótano. Allí me dijo que me sentara. Me comenzó a besar de nuevo, mientras yo le acariciaba por primera vez su polla. Rápidamente se puso dura como una piedra, que gorda era y que grande. Nunca había visto nada igual. -Te voy hacer disfruta, aquí mismo, comentó. Empezó a besarme la oreja y el cuello de nuevo. Deslizo su lengua húmeda por mi pecho, mordió mis pezones mientras yo solté un pequeño gemido. En ese momento, ya había varios chicos cerca de la escena con las pollas duras y pajeándose, mientras nos miraban. Eso, me ponía aún más cachondo. Rubén ya andaba por mi tripa, lamiéndola, besándola, saboreando mi piel, deletaitándose con el roce de mí bello corporal sobre su cara. Y por fin llegó a mí pene, duro y mojado que estaba. Primero empezó a lamerlo por encima del calzoncillo mientras me miraba y después, por fin, la descubrió y se la metió de una en la boca. Entera. Hasta el fondo. Y estuvo un rato ahí, con ella dentro. Yo no pude hacer otra cosa que cerrar los ojos, gemir y arquear la espalda del placer que me estaba haciendo sentir, ¡qué gusto!.

 

Tras un rato haciéndome disfrutar con su lengua, con su boca, con el calor de sus labios, volvió a parar. Esa vez no se lo perdoné, le dije que no parase. Pero me puso el dedo en la boca, gesticulando para que me callase. Me dijo que me pusiera los calzoncillos y le siguiera. Después de haber armado el espectáculo decidió que nos metiéramos en una cabina. Era una con asiento. Esta vez le senté yo y me puse encima suyo. Le empecé a morrear mientras movía la cadera, rozando mi culito contra su verga dura. Bajé hasta su polla y se la empecé a comer lentamente, quería disfrutar de tenerla entre mis labios, todo ello mientras le miraba disfrutar. Me baje los calzoncillos y me empecé a pajear, pues estaba muy cachondo. Seguí comiéndosela, hasta que no pude más y utilicé parte de la saliva que había conseguido sacarme del fondo de mi garganta con su polla, para lubricarme mi ano. Sin pensarlo dos veces, agarré el preservativo que tenía guardado en el calcetín, se lo puse y me subí encima. Que sensación tener una polla tan gorda y larga dentro de mí. Todos sus centímetros me hacían disfrutar a cada embestida. No paraba de gemir. Debería de estar poniendo a todo el personal cachondo.

 

Me fije en que había un chico joven mirándonos por el glory hole. Eso me ponía mucho, así que me pude de tal manera que le veía mientras cabalgaba a Rubén. Al cabo de un rato,  Rubén se dio cuenta de lo que estaba pasando y decidió que cambiásemos de postura. Me puso de tal manera que mientras él me la metía, yo podía chuparle y magrearle la polla al del glory hole, que en seguida me la puso para que pudiera degustarla. Llegado un momento, Rubén empezó a pajearme la polla mientras me daba cada vez más duro. Yo gemía cada vez más fuerte, gemidos ahogados por las embestidas en la boca que me metía el chico del glory hole. Todo, en un momento, se aceleró. Éramos tres. Tres gimiendo, tres respirando fuerte, tres corriéndonos. Rubén estaba cerca, así que se sacó la polla de mi culo y empezó a pajearse, me llenó toda la espalda de lefa, menuda cantidad de semen caliente derramó sobre mí. El chico del glory hole me lleno de leche calentita la boca y yo me la tragué rápidamente, desgastando su sabor. Ya solo faltaba yo. Rubén me tumbó sobre el sofá de la cabina y se metió mi polla húmeda en su boca, de nuevo hasta el fondo. De nuevo cerré los ojos. Doble la espalda. Gemí. Pero entonces empecé a tener espasmos por todo el cuerpo, a sudar, me estaba corriendo dentro de su la boca de Rubén.

 

 

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