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Finalista

180 grados

Hoy es un día de esos en que sabes que a vida va a dar un giro en ciento ochenta grados, de manera tal que, nunca volverá a ser como era antes. Son las seis horas pasado meridiano, y el día está especialmente cálido; no es pues por el sol de verano que esgrima con más fuerza que nunca, ni tampoco por el vapor constante de la cocina donde trabajo, es mi cuerpo furtivo, que expide calentura fugaz gracias a la onírica noche que tuve conmigo mismo, pues hoy amanecí con una polución onánica involuntaria, joder, lo que sueños húmedos de toda la vida. Lo he decidido, nada me detendrá, iré a buscar un romance sin nombre, un abrazo roto, unos labios carmesíes, que sean sólo míos, aunque estén por unos minutos nada más, esa suma de segundos será suficiente e infinitos para sentirme amado lascivamente.

El encuentro con mí no amante es en el BoyBerry de Madrid, la cita es las veinte horas, cuando recién rocía la noche, principiando a oscuro. Mi no amante espera aleatoriamente, podría ser cualquiera, es más no tiene certeza de que llegué alguien – a veces quisiera tener una cita con café, luego recuerdo que no tomo café y se me pasa-

Entro al Bar, me saluda amablemente el dependiente, me dice: ¿Que te pongo? Yo susurro, lo que tú quieras cariño. Parece que ha escuchado pues me mira y sonríe con una mirada concupiscente y cómplice, tal vez sabe mi candente plan de enamorado en raudez. Al interiorizarme por los pasillos, laberintos y demás, veo chicos por doquier, hay grandes, pequeños, gordos, flacos, osos, cerdos, monos, otros no tanto, en fin, una confín de jungla emigrante de la oscuridad. Se acerca un chico, que calculo no debe tener más de veinticinco años, quizás menos, sin decirme nada introduce entres sus fauces mi miembro viril, que me hace sentir amado (esa era una propuesta rápida pero precisa, a la que respondí con un sí, y ya lo notaba en mi erección). Penetro su boca fuertemente, varias veces, una y otra vez, cada vez siento que estoy más duro, y el gime de placer -creo- entonces hace una arcada que me invita a parar, pero siento que me gusta ese dolor que está sintiendo. Me toma de la mano y me lleva con él, entiendo que a alguna cabina (creo que tácitamente me está pidiendo el amor que necesito). Una vez en la cabina, que por cierto es la única libre, hay un tío no más de treinta años, completamente erecto, con una dotación que ¡Ay, madre mía! creo que me caso. Nos besamos entre los tres; yo quería sentirme querido, pero vaya, esto es amor. Quisiera describir la penetración, pero fueron tantas veces y por tantos sitios, que no podría enumerarlo, tal vez la adrenalina de hacer un trío me hace perder la noción de plano espacio temporal.

Alguien abre la puerta, es un muchacho barbudo, que sin decir nada me pone a cuatro patas y me penetra fuertemente, me da duro sin compasión, me duele, más me ayudo con popper que siempre viene bien. En tanto los otros dos me dan de mamar constantemente, uno tras otro, luego los dos juntos, el primer amor, de veinticinco, pide su turno para follarme, y comienza a hacerlo nuevamente, me pregunta, en un acto muy romántico: ¿Dónde quieres que acabe?  Yo le digo: -en mi boca. Entones me llena de esa leche placentera, mientras el segundo chico comienza a follarme más duro aún. El barbudo hace un esfuerzo por acabarme en la cara y es exquisito. Es placer no tiene límites esta tarde. Cuando intento acabar yo, cierro mis ojos para explotar, entro en un éxtasis iracundo, pero al abrirlo nuevamente me despierto en el hospital donde me encuentro, recuperándome por no usar condón cuando pude, ahora amando la triterapia como único amor duradero y para toda la vida. Entonces sonrío nuevamente. Mi compañero de cuarto me pregunta si estoy bien, le digo mejor que nunca. Saliendo de aquí iré al BoyBerry Madrid, pero usaré condón. Mi vida dio un giro de trecientos sesenta grados. Pero ahora fantaseo con el amor profiláctico. Nos vemos por ahí mis no amantes futuros.

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